“Una superviviente de Nagasaki: “La humanidad no ha aprendido la lección de la bomba atómica”.” por Guillermo Altares

El País, 19/10/2026. Mitoe Matsumoto, que tenía tres años cuando cayó la bomba A sobre la ciudad japonesa, asegura que toda su vida ha estado marcada por la explosión nuclear.

“Buenas tardes, tengo 84 años y toda mi vida ha estado definida por la bomba”. Mitoe Matsumoto tenía tres años y cuatro meses el 9 de agosto de 1945, cuando a las 11.02 de la mañana estalló sobre Nagasaki la segunda bomba atómica que lanzó Estados Unidos contra Japón al final de la II Guerra Mundial. Se trataba de una bomba de plutonio, más potente que la de uranio, que tres días antes había explotado sobre Hiroshima. Nagasaki no era el objetivo y tampoco el barrio sobre el que fue lanzada. Pero el piloto del bombardero B-29 Bockscar vio un claro entre las nubes y decidió soltar el proyectil, cuyo nombre en clave era Fat Man, contra el valle de Urakami, donde vivía una importante población cristiana, unos cuatro kilómetros al norte del centro de la ciudad.

Matsumoto —una mujer menuda, siempre sonriente, que habla muy despacio con un tono que transmite a la vez paz y seguridad— solo tiene recuerdos fragmentarios de aquel día, sobre todo en forma de sensaciones —el miedo, el resplandor—, pero fue plenamente consciente de que aquel estallido era diferente de cualquier otro bombardeo. El hecho de ser una hibakusha, una superviviente de la bomba, ha estado presente de forma constante en su vida. Muchos testigos decidieron no contar su historia, porque bastantes fueron marginados —especialmente las mujeres—, una marca que incluso afecta a sus descendientes. “Quedaron atrapados toda la vida en el impacto de la bomba”, escribió la historiadora Susan Southard en su libro de referencia sobre el bombardeo, Nagasaki. La vida después de la explosión (Capitán Swing). Veinte años después del impacto, el gran escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez visitó Hiroshima y Nagasaki para realizar un reportaje y ya entonces escribió: “Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano, hace 20 años: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban, a ser tratados como enfermos y engendradores de hijos débiles”.

Matsumoto explica que ella nunca sufrió ese tipo de discriminación porque en la zona en la que vivía “todos eran supervivientes”. “Pero sí conozco muchas historias de mujeres que cuando querían casarse sufrieron una discriminación muy fuerte. Los hibakusha no pagamos por las medicinas, el seguro nos lo cubre todo. Cobramos además un subsidio de entre 30.000 y 40.000 yenes (entre 170 y 225 euros) y también nos garantizan 200.000 yenes para nuestro funeral. Y hay gente que nos critica porque nos acusan de llevar una buena vida”.

La entrevista tiene lugar en el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki, durante un viaje organizado y financiado por el Gobierno de Japón. En la entrada del museo, al que acuden niños de todo el país en viajes escolares, se exhibe la medalla del premio Nobel de la Paz que recibió en 2024 Nihon Hidankyo, organización formada en 1956 por hibakusha, los supervivientes de las dos únicas ciudades que han sufrido un ataque nuclear. Antes de la conversación, Matsumoto quiere contar su historia a través de un PowerPoint.

Casada con otro superviviente y sin hijos, siempre pensó que debía testificar y transmitir su historia. Ahora es plenamente consciente de que cada vez quedan menos testigos y de que, además, eran muy pequeños cuando se produjeron las explosiones, que mataron a 140.000 personas en Hiroshima y a 74.000 en Nagasaki. Aunque quedan 91.105 hibakusha vivos, según un censo publicado por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón, la edad media es de 86 años.

“Tenía tres años aquel día y apenas me acuerdo”, empieza su relato. “En mi familia éramos cinco personas: mis padres, mi abuela, mi tía, hermana mayor de mi madre, y yo. Mi padre trabajaba en la fábrica de armas de Mitsubishi. Pero, en el comienzo del mes de agosto, su departamento fue bombardeado. Y se quedó en casa. Mi padre tenía 43 años, mi madre 23, mi abuela materna 64 años, y mi tía Shimenko tenía 22 años. Nuestra casa se encontraba cerca de la estación de Nagasaki. Por eso teníamos miedo de que nos bombardeasen. Y nos mudamos a una pequeña casa en una zona agrícola”.

Aquel 9 de agosto, salieron pronto hacia su nueva casa, pararon a visitar a su tía en el hospital en el que trabajaba como enfermera. Les dijo que tuviesen cuidado, porque nunca se sabe lo que podía pasar: eran días oscuros, durante los que la población japonesa vivía bajo la constante amenaza de los bombardeos estadounidenses. “Fue la última palabra suya que escuchamos”. Nunca encontraron su cadáver, que seguramente fue completamente reducido a cenizas por la explosión, y enterraron en la tumba familiar una fiambrera y un pelo quemado, que ni siquiera estaban seguros de que le perteneciesen. Otra tía suya murió a los pocos meses víctima de la radiación.

Así recuerda el momento de la explosión: “Acabábamos de llegar a nuestro barrio cuando cayó la bomba. Recuerdo que en ese momento se produjo un estallido de luz gigantesco, como si se hubiesen activado cientos de flashes a la vez. Mi madre me agarró y corrió hacia la casa más cercana. Abrazada a ella, me preguntaba qué estaba pasando. Mi padre estaba trabajando en el jardín y salió despedido por la onda expansiva; pero afortunadamente no le ocurrió nada. Descubrimos también que mi abuela seguía viva porque un montículo le protegió de la onda expansiva. En ese momento sentí una gran alegría, pero no tengo ningún recuerdo feliz del resto de mi infancia . Mis sentimientos, mis emociones se concentraban en el miedo a la guerra”.

Fueron siempre conscientes de que había estallado una bomba mucho más poderosa de las que otras veces habían impactado contra la ciudad, sobre todo contra las fábricas de Mitsubishi, pero ignoraban qué era una bomba nuclear. “No sabíamos nada de lo que había pasado en Hiroshima”, explica. “Hasta que un pesquero japonés, el Daigo Fukuryu Maru, fue alcanzado en 1954 por error por una prueba nuclear en el Pacífico no nos hablaron de los efectos de la bomba atómica y de la radiación. Mi tía murió a los pocos meses de la bomba: nosotros vimos cómo su salud se iba deteriorando y lo relacionamos con la bomba, pero no teníamos ninguna información”.

En su ensayo, Southard explica que las autoridades estadounidenses negaron rotundamente que la bomba tuviese mayores efectos que la propia explosión, pese a que cada vez más médicos japoneses estaban convencidos de sus efectos devastadores sobre la salud. “Cuando los medios de comunicación estadounidenses y de todo el mundo recogían las misteriosas enfermedades que se multiplicaban en Hiroshima y Nagasaki, el general Groves [alto mando militar a cargo del Proyecto Manhattan] calificó aquellas informaciones de propaganda”, escribe. También explica que no se había llevado a cabo ningún estudio sobre los posibles efectos de la bomba antes de su lanzamiento sobre ciudades llenas de civiles.

“Tenía una amiga que murió cuando tenía 30 años y una hibakusha que falleció sin ninguna explicación a los 40 años”, señala. “Todos los que estábamos ahí recibimos radiación y cada día descubrimos un nuevo efecto, una nueva enfermedad relacionada con la explosión. Seguimos sin conocer los efectos que tiene una bomba atómica. Mi mensaje es que no se vuelva a utilizar nunca, no sabemos lo que es, no sabemos cómo influye en las siguientes generaciones”, señala, antes de agregar: “La humanidad no ha aprendido la lección de la bomba. Mucha gente piensa que es como una bomba, pero mucho más poderosa. Ni siquiera los doctores conocen de verdad sus efectos”.

Mientras tenga energía, su intención es seguir contando su historia, pero sabe que se acerca el final de la época de los testigos que sobrevivieron a los horrores de la II Guerra Mundial. “Hacen convocatorias para que jóvenes se conviertan en herederos de los mensajes de los supervivientes, para que sean nuestros mensajeros. En mi grupo, somos 26 supervivientes, pero ya solo quedamos 20 activos. Cada vez hay menos personas que puedan contar nuestra historia”.

https://elpais.com/internacional/2026-10-19/una-superviviente-de-nagasaki-la-humanidad-no-ha-aprendido-la-leccion-de-la-bomba-atomica.html.

 

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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