Hace ya algún tiempo –en plena efervescencia del “Procés”–, el amigo y colaborador de Crónica Política Luis Caldeiro publicó un artículo titulado “Luchas compartidas, luchas usurpadas” en el que dirigía una dura crítica hacia la campaña “Lluites Compartides” de Òmnium Cultural; campaña con la cual la conocida entidad independentista (fundada legalmente, recordémoslo, como asociación cultural en pleno franquismo por un grupo de empresarios de la alta burguesía catalana estrechamente relacionados con el Régimen, alguno de ellos excombatiente franquista) pretendía conectar simbólicamente el Procés sobiranista –del cual Òmnium era en ese momento impulsora– con las históricas luchas sociales que tuvieron lugar en los barrios y fábricas de Barcelona y otros lugares de España durante los años 50, 60 y 70 para mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía y, en especial, de las clases trabajadoras. Luchas, desde luego, en las que Ómnium jamás hizo acto de presencia como no fuera para jalear y aplaudir a los “grises” cuando corrían a palos a los vecinos y obreros que luchaban por sus derechos, ya que los miembros de dicha selecta entidad catalanista pertenecían a la misma élite social y económica que había promovido el golpe de Estado de 1936 y que siempre se había beneficiado de la férrea protección que le ofrecía a su clase social la sanguinaria dictadura franquista.
Y es sobre una de aquellas heroicas luchas sociales sobre la que el director Marcel Barrena (a quien ya conocíamos por otra notable cinta anterior, “Mediterráneo”) ha construido “El 47”: una magnífica película que se ha convertido en un inesperado éxito de taquilla en los cines de Barcelona y otras ciudades de España, y en la que se narra la historia de un personaje real, Manolo Vital, muy querido y recordado en el distrito barcelonés de Nou Barris, quien en 1978 protagonizó una muy sonada acción de protesta al “secuestrar” un autobús de la línea 47 –línea de la cual él era conductor– para hacerlo llegar hasta la colina de Torre Baró, barrio donde él vivía –y de cuya Asociación de Vecinos era, además, presidente–, y cuyos habitantes tenían que caminar cada día durante horas para poder ir al trabajo, al mercado o a visitarse en el médico porque, según las autoridades municipales y las de la empresa Transportes de Barcelona, era imposible hacer llegar hasta él ningún vehículo a causa de lo empinado, angosto y abrupto de sus callejuelas. Callejuelas, las cuales –como las del Carmelo, o la de tantos otros barrios de Barcelona–, no estaban ni siquiera asfaltadas, y en su mayoría no eran más que pedregosas torrenteras.
“El 47”, tal como dice el veterano líder vecinal Antonio Torrico (quien fue amigo y colaborador de Manolo Vital durante más de treinta años, y dirigió también la AVV de Torre Baró algún tiempo después que Vital), es “una película necesaria, que debería haberse hecho hace mucho tiempo”. En ella se muestra la lucha por conseguir unas condiciones de vida dignas de las gentes que llegaron a Cataluña procedentes Andalucía, Extremadura, Murcia, Aragón o Galicia huyendo de la represión y de la miseria, que levantaron el país trabajando en los andamios, en los talleres y en las fábricas, y que tuvieron también que construir sus propias casas, con sus manos y ladrillo sobre ladrillo, en las laderas más escarpadas de los nuevos barrios de aluvión que fueron surgiendo por toda el área metropolitana de Barcelona. Barrios como El Carmelo, Can Tunis, Roquetes o Singuerlín donde, como decía Paco Candel, la ciudad cambiaba de nombre, y a los que durante mucho tiempo no llegaron la luz eléctrica, el alcantarillado, el agua corriente, ni un mísero y triste autobús.
Pero, sin desmerecer de la calidad de la película, que ya hemos dicho que es espléndida (absolutamente magistral la actuación de Eduard Fernández hasta en los más mínimos detalles, cuidadísima la ambientación de época que mezcla imágenes documentales con otras editadas digitalmente, evocadora y emocionante la banda sonora), ni tampoco el inmenso valor del hecho de haber dado visibilidad a unos barrios, unas personas y unas luchas que han tenido un papel tan importante en nuestra Historia reciente, y de los que tanto se ignora en general, lo cierto es que muchos de quienes hemos tenido ocasión de verla teniendo algún conocimiento previo sobre la historia de las luchas vecinales en Barcelona y, sobre todo, habiendo tenido la suerte de conocer de cerca a algunos de sus protagonistas, hemos compartido, al salir del cine, una sensación agridulce: la de que Barrena nos estaba contando una versión sutilmente manipulada, si es que no francamente falsificada, de dicha historia. La sensación de haber asistido, de nuevo, a una muestra de luchas usurpadas más que compartidas.
La cinta arranca con una épica escena –que nos retrotrae a clásicos como “Novecento” de Bertolucci–, ambientada en 1958, en la que los hombres y mujeres recién llegados a Barcelona se enfrentan a los agentes de la Guardia Civil –también llegados, igual que ellos, huyendo del hambre desde sus pueblos de Andalucía, Galicia o Extremadura– para tratar de evitar el derribo de las precarias viviendas que están en ese momento construyendo en las laderas de la montaña con infracción de la normativa urbanística franquista. Y nos muestra cómo la lucha obtiene sus objetivos cuando los vecinos y vecinas superan su desorganización e individualismo para trabajar, unidos y solidarios, en la defensa del bien común.
Pero aquí empieza y acaba la épica social de la película, que a partir de este momento se centra, prácticamente, en las figuras de Manolo Vital y su mujer Carmen Vila, en lo que parece una historia intimista de abnegación y de heroísmo individuales más que una historia de luchas sociales organizadas.
Y ésta es la principal crítica –aunque ya veremos que no la única– que se puede hacer a la película, y en la que coinciden diversos históricos activistas sociales que conocieron muy bien las luchas sociales de los años 60 y 70 en Nou Barris, y al propio Manolo Vital, como el economista Albert Recio o el ya mencionado Antonio Torrico: el absoluto silencio sobre el hecho de que dichas luchas no fueron individuales ni aisladas sino sistemáticas y organizadas, y que tenían detrás todo un tejido social y político encabezado principalmente por el PSUC y Comisiones Obreras. Organizaciones ambas, por cierto, en las que militaba activamente Manolo Vital, y a las cuales, inexplicablemente, no se menciona ni una sola vez en toda la película. Tal como le oímos decir al propio Torrico: “Al director no le costaba nada hacerle decir a Manolo Vital en alguna escena: Carmen, me voy a una reunión del Partido”.
En los años 70, especialmente, la movilización vecinal en lo que hoy llamamos Nou Barris (el nombre no se adoptó oficialmente hasta 1984, cuando se creó el distrito municipal de Nou Barris desgajándolo del antiguo municipio de Sant Andreu de Palomar) y en otros lugares de Barcelona y de su área metropolitana fue continuada y se caracterizó por acciones audaces que movilizaban a decenas o centenares de vecinos y vecinas, los cuales, con frecuencia, acababan detenidos o apaleados por la policía.
En concreto, varios secuestros de autobuses por parte de vecinos indignados por la falta de transporte o por las malas condiciones de vida en sus barrios ya habían ocurrido antes del que narra la película: en 1973, un grupo de vecinas del barrio de Can Franquesa, en Santa Coloma de Gramenet, obligó al conductor del autobús de la línea 10 de la empresa Transportes Urbanos, S.A. (TUSA) a llevarlo hasta la parte más alta del barrio, donde la compañía aseguraba que no podía llegar; un año más tarde, en 1974, otro grupo de vecinos (esta vez sí de Nou Barris) secuestró el autobús 31 para hacerlo llegar hasta la calle Mina de la Ciutat, en Roquetes, barrio situado en la ladera opuesta de la misma montaña que Torre Baró. Y en 1977 (un año antes del secuestro del 47), otra histórica dirigente vecinal de Nou Barris, Maruja Ruiz Martos (también militante del PSUC, como Vital), al frente de un grupo de vecinos y vecinas del barrio de Prosperitat, secuestró el autobús de la línea 12 para reivindicar viviendas dignas en el barrio. Y como la Maruja era mucha Maruja (y lo ha seguido siendo, como demostró en 2011 al rechazar la Medalla d’Or de la Ciutat en protesta por los recortes sociales del Govern de Artur Mas), no se contentó con secuestrar el autobús sino que lo paseó por toda Barcelona, lo hizo pasar por delante de la casa del entonces alcalde José María Socías Humbert, y acabó aparcándolo en la Plaça de Sant Jaume, frente al Ayuntamiento, antes de ser detenida por la policía y llevada a la (tristemente) famosa comisaría de Via Laietana.
En la película, eso sí, se repite varias veces que Vital «es rojo», pero siempre de pasada y refiriéndose, sobre todo, a los recuerdos que el protagonista conserva de su padre, fusilado durante la Guerra Civil por los falangistas, y se omite en cambio cualquier referencia directa a la propia y activa militancia de Vital en el PSUC y en CC.OO. en la época en que transcurre la acción. Incluso, en las escenas de la huelga de autobuses, parece insinuarse que Vital desaprueba las acciones de los huelguistas en defensa de sus puestos de trabajo por parecerle radicales y violentas, lo cual choca con el hecho de que Vital (el Vital histórico, no el recreado para la ficción por Marcel Barrena) era, precisamente, un sindicalista concienciado y combativo, que había participado activamente en varias huelgas y que incluso había sido despedido con anterioridad, por ello mismo, de la compañía.
En cambio, y frente al “borrado histórico” que la película hace de las organizaciones políticas y sociales (el PSUC, CC.OO., el PCE-i, el PCE m-l…) que protagonizaron en la realidad aquellas luchas, Barrena otorga un papel destacado en la trama de la película a un simpático jovenzuelo llamado Pasqual (interpretado con innegable gracia por otro estupendo actor, Carlos Cuevas), que acabará presumiblemente siendo el alcalde (y luego President) Pasqual Maragall, y a quien Barrena convierte poco menos que en el escudero de Manolo Vital, como si se tratase del “Crispín” de los tebeos del Capitán Trueno.
Este cameo de un ficticio Pasqual Maragall en la película es una especie de divertida licencia poética que, sin embargo, a nosotros se nos antoja casi una broma de mal gusto, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los que acabaron siendo dirigentes del PSC (que en aquel momento no estaba ni siquiera fundado) eran miembros de la alta burguesía catalana y habían estado tan ausentes de las luchas obreras y vecinales como los de la propia Òmnium Cultural, con quienes compartían clase social, colegios privados de élite y vecindario en la zona alta de Barcelona, además de ideario político catalanista.
Y, aunque sí es un hecho innegable que la llegada al poder del PSC tras las primeras elecciones municipales democráticas de 1979 supuso un gran salto en la dignificación de los barrios periféricos de Barcelona (y que dicen que Maragall, tras llegar a la alcaldía en 1982, se dedicó a pasar algunos días en casas de dirigentes vecinales para tratar de conocer mejor esos barrios, como se menciona al final de la película, o quizá más bien, como piensan otros, para captar a sus líderes políticamente), también lo es que al mismo tiempo representó el inicio de la decadencia del potente movimiento vecinal metropolitano, el cual –como muy bien dice, también, Antonio Torrico– quedó prácticamente decapitado y desactivado al ser cooptados muchos de sus líderes para ocupar cargos en la administración local por parte del nuevo poder político.
Así pues, “El 47” acaba adoptando más el tono de un relato mítico que el de un auténtico ejercicio de memoria histórica, y Manolo Vital y su mujer Carmen Vila ascienden, de la categoría de vecinos comunes de un barrio obrero en lucha, a la de auténticos héroes civilizatorios(como Manco Cápac y Mama Ocllo en la mitología andina) providencialmente destinados a hacer llegar el bienestar material y cultural hasta unos convecinos suyos mostrados, mayoritariamente, como medio analfabetos y asilvestrados; convecinos ejemplificados en el personaje de Felipín, interpretado por un siempre eficaz Salva Reina que en esta ocasión, sin embargo, se mueve mucho más cerca de la caricatura sainetesca del “Jozé” de “Allí abajo” que del descarnado naturalismo y la complejidad psicológica del policía corrupto Darío Arjona en la serie “Malaka”.
Y aquí entra lo que se convierte, más que en una subtrama, en un auténtico contrapunto esencial a la historia del autobús secuestrado sin la cual no se entiende el sentido último de la película: la que se muestra como trascendental misión evangelizadora del personaje de Carmen Vila, quien, tras abandonar los hábitos de religiosa para casarse con Manolo Vital, dedica su vida a llevar la buena nueva redentora de la lengua catalana a esos mismos inmigrantes incultos y charnegos a los que su marido tiene que hacer llegar el autobús 47.
Barrena lo dice, por la interpuesta voz en off de la supuesta hija de Vital, Joana (en la vida real Vital no tuvo una hija sino un hijo, y el personaje de Joana en la película está en realidad inspirado por su nieta), al inicio de la película: “Ésta es la historia de mi ciudad, de mi país y de mi lengua”. Barrena, como los burgesets de Òmnium, trata de hacernos creer en unas luchas compartidas que nunca fueron tales. Trata de mostrar las movilizaciones sociales de una clase obrera oprimida y explotada, mayoritarísimamente venida de otros lugares de España, como si fuesen parte integrante de un proyecto de construcción nacional catalana. Como si la lucha por la dignidad, la igualdad y la justicia social que llevaron a cabo aquellos trabajadores murcianos, andaluces o extremeños, hubiesen ido siempre, necesaria e inextricablemente, de la mano del ideario político del catalanismo.
En la vida real, Carmen Vila fue, efectivamente, maestra, alfabetizadora de adultos y profesora de catalán, y en tales facetas realizó una gran labor en la zona norte de Nou Barris. Pero ni fue una pionera avant la lettre de la immersió lingüística (que no se empezó a aplicar en ningún sitio hasta bien entrados los años ochenta) ni del #jomantincelcatala, tal como se nos pretende hacer creer en la película. Impartía clases en castellano, tanto a adultos como a menores. Y, aunque sí es cierto que Manolo Vital aprendió catalán gracias a ella, son muy poco verosímiles las escenas en que la pareja aparece continuamente hablando en catalán en la intimidad de su hogar, pues era el castellano el idioma que utilizaban para hablar entre ellos, según quienes les conocieron de cerca.
Y más inverosímiles todavía son las escenas en que se muestra a los autobuseros reunidos en asamblea y hablando, todos ellos sin excepción, en catalán, cuando la gran mayoría de la plantilla de la empresa –como la gran mayoría de las clases trabajadoras urbanas de Cataluña– estaba formada, entonces como ahora, por trabajadores castellanohablantes con vínculos familiares en el resto de España.
Barrena, en resumen (y sin demérito de todo lo bueno que tiene la película, que ya hemos dicho que es mucho), parece tratar de ocultar, por una especie de inexplicable pudor histórico, dos hechos clave: el primero, que las luchas obreras y vecinales en la Cataluña de la Transición y del tardofranquismo fueron dirigidas, organizadas y protagonizadas, fundamentalmente, por los hombres y mujeres que militaban en el PSUC y en otras organizaciones de la izquierda revolucionaria; y el segundo, no menos importante, que el idioma que hablaban mayoritariamente aquellos luchadores y luchadoras –el idioma en el que hablaba la izquierda, el idioma en el que hablaba la clase obrera– era el idioma español.
Porque, como en cierta ocasión le espetó en su cara al mismísimo Jordi Pujol la incansable luchadora Maruja Ruiz, la Maruja de Nou Barris, “mi idioma es lo único que me traje de mi tierra, y eso no me lo vais a quitar.”
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