El País, 29/09/2026. “Si no se había actuado sobre el sector por dejadez, es alarmante; si se actúa solo por la presión social, es que no se legisla por convicción.”
Yo solo tengo una pregunta. Por qué en la cuestión social más importante en este país desde hace décadas –la vivienda– no se había avanzado todo lo que se podía en ocho años y sí ha sido posible hacerlo en ocho días. Llevo horas con esa pregunta. Y no hay ninguna respuesta que me guste.
Si hasta ahora no se había actuado por dejadez, es alarmante: una democracia que no atiende la principal demanda de su ciudadanía es una democracia aislada, desconectada, insensible. Una democracia –digámoslo claro: una élite política– que discurre en paralelo a los intereses de su sociedad. Así han implosionado muchos sistemas: 14 de julio, 14 de abril.
Si ahora se actúa por el símbolo de una mujer de 87 años –o mejor: por todo lo que esa mujer sí ha despertado en la ciudadanía y que tantas personas desahuciadas como ella no habían despertado antes–, entonces entenderemos que se legisla a golpe de presión. No por convicción, ni por responsabilidad, ni por un afán de servicio público. Sino porque otros me lo exigen y ya resulta imposible seguir ignorándolos. Esa es una democracia que tiene intereses, no principios. Así se pervierten las ideologías, se abona el relativismo –todos son iguales– y triunfan los populismos.
Si a partir de ahora, con estas nuevas medidas, nada cambia y el gatopardo vuelve a protagonizar la política española de vivienda con sus medidas-trampantojo de titulares llamativos pero estériles en el tiempo, la ciudadanía española nunca, jamás, volverá a creer a quien le diga que se está ocupando de la cuestión de la vivienda. Si solo urge la prisa, los gestos y la escenografía para evitar un silencio que sería clamoroso, para salir de una inacción que sería política y electoralmente imperdonable, ya sabremos para siempre a qué atenernos. Sabremos que, para nuestra democracia, no es una prioridad que sus ciudadanos puedan tener un hogar donde vivir. Solo es prioritario que callen, no protesten y se las apañen como puedan.
Si ahora se ha actuado porque Maricarmen vivía en el puro centro de Madrid, y porque es Madrid la que ha reaccionado con una impresionante acampada en el kilómetro cero de la influencia política, mediática y simbólica de este país –Sol–, entonces reafirmaremos una vez más que no todas las vidas valen lo mismo en España. Que si una democracia –y una sociedad: solo han protestado sesenta personas– no se inmuta por el desahucio ejecutado hoy mismo en Mataró a un vecino que tiene una discapacidad del 87%, de su hermana y de sus tres hijos (uno de ellos menor de edad), y que por tanto ellos valen menos que Maricarmen porque están alejados de aquel kilómetro cero omnipotente, entonces la conclusión será que existe una discriminación territorial insoportable. Que este país está roto de verdad. No solo es la despoblación y su fractura rural ya olvidada. Hay un mapa invisible de quién cuenta y quién no.
Por azar estuve debajo de la casa de Maricarmen en la mañana del desahucio. Vi las pancartas, oí los cánticos, noté el aroma que desprende la combustión del descontento social. Sentí que la calle podía, de nuevo, más que las pantallas. Luego vi que la policía y la justicia –la ley y sus garantes– siguen siendo una maquinaria implacable y deshumanizada. Ahora veo que hasta los buitres tienen miedo. Que también los gobernantes tienen miedo. Que hay cuentos con final feliz que devuelven la casa a una anciana arropada por gente joven mientras se anuncian medidas para que nada de esto vuelva a ocurrir.
Sin embargo, me temo que esa sería una lectura apresurada y demasiado emocional. Por qué en ocho días sí y en ocho años no. No paro de pensarlo. Y ninguna respuesta me convence. Sospecho que el cuento no ha acabado.
https://elpais.com/opinion/2026-09-29/vivienda-por-que-no-en-ocho-anos-y-si-en-ocho-dias.html.