El País, 3/X/2026. Los concentrados en la plaza de Catalunya por la crisis de la vivienda, como en el 2011, sienten que los partidos no les representan.
“Pero, ¿qué le pasa a la peña por la cabeza? Hay muchos noes”. La chica que sostiene el móvil junto a un megáfono para que todo el mundo pueda escuchar las votaciones del Congreso no puede creerse lo que está oyendo. A su alrededor se arremolina un centenar de personas atentas, y pienso que jamás en lo que llevamos de siglo un debate parlamentario había tenido tanta audiencia joven. Por supuesto, la inmensa mayoría de nombres que se citan no los conocen de nada -ni yo, ¿no te fastidia? -, sólo hay alguna sonrisa cuando suena “Rufián Romero, Gabriel”. Se han colocado delante de las cámaras, quieren que se vea la magnitud de la concentración y son conscientes del peso de los medios.
Como llueve bastante, se protegen bajo una carpa formada por unas veinte lonas atadas entre sí y sostenidas por unas columnas construidas ad hoc en madera, más algún tubo largo de cartón duro. Es la zona central de este campamento que se convocó espontáneamente el martes con una cuenta de Instagram, tras la manifestación no menos improvisada por el desahucio de Maricarmen. Este viernes ya había unas 200 tiendas instaladas en plaça Catalunya, en círculos concéntricos y una simetría relevante. La acampada se ve ordenada y limpia; hay un espacio con palés a disposición del público, un punto de información con una lista de necesidades -cepillos de dientes, calcetines, ropa interior, neveras o rotuladores permanentes- y un calendario de actividades del día. Todo escrito a mano, viva el papel y lápiz, aquí se pasan las pruebas PISA.
Me llama la atención no ver demasiadas banderas, sólo alguna del movimiento antifascista, una LGTBIQ+, una palestina, y el logo de la CNT impreso en una tienda que tiene, en la puerta, varios carteles de los que anuncian alarmas, de esas que hacen tanta publi. Que no falte el buen humor. También he pasado al lado de un rótulo en madera donde han escrito: “avenida Walter Benjamin, 10”. Ahí es nada.
Los participantes son muy jóvenes, la mayoría no aparenta ni treinta años. Le pregunto a un grupo si recuerdan la acampada de los indignados, y me responden que no. Hago cálculos y pienso: ¡pues claro, esta gente estaría entonces en primaria! Ahora, estudian o trabajan, o las dos cosas. Eso sí, como en el 2011, sienten que los partidos no les representan. Arrastran una decepción general, y a pesar de ello aún comentan que, cuando haya elecciones, votarán a la izquierda. No les puedo sacar más concreción. Querían que los decretos tirarán para adelante, aunque sólo los califican de “un primer paso”, “el mal menor”, “un parche” o “migajas”; no son fans de Pedro Sánchez tampoco. Mientras hablo con ellos, en la zona central reparten macarrones, garbanzos en tomate o fideos, y de postre, gritan desde la cocina: “¡macedonia!”
En el punto de información, una mujer racializada que representa a un grupo de defensa anti-desahucios está sugiriendo una colaboración entre ambos colectivos. De hecho, desde que la acampada se instaló, los participantes ya han acudido a frenar un par de lanzamientos.
Los acampados se han organizado con comisiones temáticas, y acaban acordando los asuntos en asamblea. El megáfono va de mano en mano en función de quién quiere dar alguna información. Mientras yo estoy allí, un chico lo usa para ofrecer herramientas a quien las necesite, pero que se sepa quién coge qué “para que haya un control”. Se intuyen algunas personas que llevan la voz cantante, pero no hay una dirección específica. El Sindicat de Llogateres no se sumó a la movida hasta un par de días más tarde.
Se sienten orgullosos de haber logrado esta movilización casi de la nada: “¿quién habría dicho hace dos semanas que esto estaría pasando?” Así surgen muchos movimientos populares, cuando un malestar de fondo que parece vivirse con derrotismo explota por una chispa imprevista. En este caso, el desahucio inaudito de una persona que podría ser la abuela de todos los acampados. Eso, y la rapidez de las redes, que no sirven sólo para discursos de cuñados.
La votación del Congreso se hace larga. “Ya van por la R”, comenta la chica del móvil. Por fin, llega el recuento y, como estaba anunciado, el decreto cae. Automáticamente, suenan decenas de gritos de “¡Vergüenza!” e, inmediatamente, “¡Huelga general!”. También vocean un eslogan antiguo que, por lo que sea, sigue plenamente vigente: “Gent sense casa i cases sense gent, no s’entén” (Gente sin casa y casas sin gente, no se entiende). Declaran que la acampada será indefinida, y se proponen coordinarse con los acampados del resto de España. ¿Quién sabe qué ocurrirá el lunes?