«Civilización tecnológica y propiedad» por Manuel Monleón Pradas

Crónica Política, octubre de 2026

El siempre interesante “hechicero honesto” (the honest sorcerer) plantea de manera punzante en su reciente El aumento de la complejidad no puede acabar de otra manera [1] una previsión muy plausible de escenarios sombríos para el futuro de nuestras sociedades occidentales. Hay en este texto una descripción de la concatenación de los ciclos y efectos acumulativos-retroalimentados de las crisis y de las consecuencias para éstas de la creciente complejidad tecnológica de nuestras sociedades; “el coste de la complejidad aumenta exponencialmente”, constatación con la que el autor podría perfectamente estar evocando a Marx [2].

Lo que el autor hace, en esencia, es extraer corolarios de dos hechos: (i) que el planeta es finito (por tanto, los recursos no renovables se agotan, por definición), y (ii) que el reciclaje es un proceso antientrópico y, por tanto, costoso (mezclar cuesta menos que separar). Todo ello es Física y poco o nada discutible. El planeta mismo desaparecerá un día… El problema para nosotros radica en la aceleración de la dinámica y en la naturaleza del sujeto causante de ella.

¿Y quién es nombrado como responsable del proceso en el artículo? Listo aquí: la “modernidad”, la “modernidad en general”, repetidamente la “civilización tecnológica” y, ocasionalmente, “la élite científica y política”.

Esto es un grave error en mi opinión.

Nos dice el hechicero que “todas las civilizaciones tecnológicas son intrínsecamente insostenibles”… como si pudiera haber otras. Todas las civilizaciones son tecnológicas, o, mejor, basadas en la técnica (recuérdese la “dignidad del arado” de Hegel en la Ciencia de la Lógica II); serlo no es lo que diferencia a unas de otras. Que nuestra civilización actual muestre una dinámica acelerada de socavamiento de su propia base no es consecuencia de la “lógica” de la tecnología, sino de la “lógica” del modo de producir y reproducir la organización social [2].

En los primeros capítulos del Libro I de El capital Marx condensa en dos formulitas de extraordinaria potencia la diferencia entre el motor de la civilización capitalista y el de otras históricamente precedentes. La fórmula M1–D–M2 indica que tengo una mercancía M1 y necesito M2, de modo que vendo M1 para comprar M2; el fin del proceso es un valor de uso, encarnado en la mercancía M2. La fórmula de la circulación del capital, sin embargo, es D–M–D’: con dinero D compro mercancías M para obtener más dinero, D’ > D. Mientras que en la primera fórmula el fin es la satisfacción de necesidades, en la segunda el fin es el incremento del dinero, D’ > D. Además, Marx descubre que, para que sea posible ese incremento, ha de estar intercalada en el proceso de circulación D–M–D’ la producción: así pues, en realidad la fórmula es D–M–prod–M’–D’, de modo que para lograr incrementar D he de producir, y para incrementarlo más (“reproducción ampliada”) he de producir más.

De esta formulita se deriva de manera bastante directa (véase El capital) un conjunto de consecuencias: la imperiosa necesidad de innovación tecnológica, de crecimiento y consumo sin límites (reproducción ampliada), de expansión de mercados, el colonialismo… En última instancia, todo esto son consecuencias de un modo de producción cuyo motor no es la satisfacción de necesidades, sino el incremento del capital. Se ve en la fórmula, también, que el inabolible “metabolismo social” (M–prod–M’) está aherrojado en el ciclo de la valorización del capital; vulgo: hay producción para la satisfacción de necesidades sólo en la medida que ella produzca más capital.

Todo esto está en las primeras páginas del Capital y en cualquier manual (incluso el peor) de histamat o economía política marxista. En los años de la austerità Enrico Berlinguer atinó a resumir el meollo de la cuestión en forma de consigna: quién produce qué, y cómo lo hace. Quién–qué–cómo. La cuestión de la propiedad es la señalada. Y es esto lo que queda sin citar en planteamientos como el del “hechicero”. Por cierto, la cuestión de la vivienda también es una cuestión de propiedad. Y la IA. ¿Puede la IA autonomizarse? Sí, puede; lo hace ya. ¿Puede ello representar peligros catastróficos para las personas? Sí, por supuesto. ¿Puede evitarse esto? Sí, se puede: depende de quién sea el dueño (en la actualidad son un par). La cuestión de la propiedad es la primera que debería entrar en el campo de mira. E inventar modos de domeñar la propiedad (¡ya no digo expropiar!) debería ser el punto número uno de cualquier agenda alternativa.

Cuestiones formularias y de manual.

Podrá decirse: hombre, esto es bien sabido, no es necesario explicitarlo, se sobreentiende. No, no se sobreentiende. Para sobreentender hay que saber primero, y entender después; ninguna de las dos cosas puede darse por descontada en nuestra cultura contemporánea. Máxime cuando incluso en la academia imperan ideas sobre la tecnología que la ven producto de una caída (Heidegger: Verfall) cuasipecaminosa que nos aleja del “ser” y lo violenta, o hija de una dinámica desatada por ideas de la “modernidad” o de la “Ilustración”…

La perspectiva marxiana de una sociedad que “regula racionalmente sus intercambios con la naturaleza” [3] es la de la posibilidad de constitución de un ente “ser social” autodeterminado, consciente de los efectos perversos de sus acciones y que, porque es dueño, puede decidir (y puede decidir si suicidarse más o menos lentamente o sobrevivir en condiciones diferentes). Todo esto está ausente de los discursos sobre la “modernidad” y la “civilización tecnológica” sin más calificativos.

Notas

[1] El texto, de 2 de octubre de 2026, puede consultarse traducido en https://slopezarnal.es/miscelanea-3-10-2026/#5 o en https://espai-marx.net/?p=20534, donde están los enlaces al original.

[2] El capital, Libro III, pp 229, 230, versión de FCE 2022 (3ª ed): “Conflicto entre la expansión de la producción y la valorización”.

[3] «La libertad, dentro de este campo, sólo puede consistir en que el hombre social, los productores asociados, regulen racionalmente éste su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control social, en vez de dejarse dominar por él como por una potencia ciega» (El capital, Libro III, 747); ello “sólo es posible bajo propiedad comunal” (carta a Engels, 8 enero 1868).

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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