El Comité del parlamento noruego encargado de otorgar el Nobel de la Paz ha procurado esmerarse este año, en un vano intento de hacer olvidar el descrédito que se ganó el año pasado con su vergonzosa decisión (v. Noruegos dentro del laberinto, CP 29).
De aquí que el premio haya sido concedido a Navanethem «Navi» Pillay, conocida jurista sudafricana, cuya trayectoria va de la defensa de Nelson Mandela y jueza del Tribunal Penal Internacional, hasta presidir la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, que concluyó que Israel ha cometido genocidio en Gaza. En este momento es magistrada del Tribunal Internacional de Justicia en el caso de la acusación de genocidio contra Myanmar.
Seguramente la presente decisión noruega, que no va más allá del proverbial «una de cal y otra de arena», no sirva para enderezar su descrédito, que no procede sólo de la decisión del año pasado. Sin embargo, lo cierto es que la persona premiada este año sí que responde a lo que Alfred Nobel dejó establecido en su testamento, en lo que respecta a lo requerido para merecer el Nobel de la Paz. Navi Pillay lleva toda su larga vida, que le deseamos aún más larga, dedicada a la defensa de la justicia, siempre en favor de los oprimidos, y es un pilar firme del Derecho Internacional que hoy está siendo destruido ante nuestros ojos, mientras los gobiernos europeos supuestamente democráticos se encogen de hombros o, peor aún, colaboran en su destrucción.
Por este motivo hemos asistido, sin ninguna sorpresa, a una nueva avalancha de insultos vertidos por las fuentes oficiales de D. Trump. Insultos que sólo prueban lo bien que hacemos en alegrarnos de que Navi Pillay haya sido premiada y lo imprescindible que es aunar todas las fuerzas a nuestro alcance para defender el Derecho Internacional.
Por una feliz coincidencia, Navi Pillay recibió la noticia del premio en Nuremberg, la ciudad en la que se celebró el juicio más trascendente de la historia reciente. Se suele decir que de allí surgen los pactos internacionales que, con el objetivo de cerrar el paso a nuevos genocidios y crímenes masivos, conforman ese Derecho Internacional que, tras el breve intento de travestirlo en «orden internacional basado en normas», está siendo aniquilado en Palestina, Sudán, Irán, Venezuela… En realidad, aunque perfeccionado tras la II GM, el Derecho Internacional ya existía y precisamente por ello pudo aplicarse en Nuremberg. Por ejemplo, el pacto Briand-Kellogg de 1928 y que proscribía las guerras de agresión, fue la base jurídica principal de aquel juicio y del merecido castigo que recibieron algunos de los criminales nazis.
Este 16 de octubre se cumple el 80 aniversario de la ejecución en Nuremberg de los principales de ellos (no todos desafortunadamente, como aclaró el voto disidente de uno de los cuatro jueces del tribunal, Iona T. Nikítchenko). Aquellos criminales castigados entonces llevaban años cometiendo crímenes horrorosos y pensando que escaparían impunes. Con seguridad es lo mismo que piensan hoy D. Trump y todos sus sicarios, desde Netanyahu hasta Rubio y Merz. Naturalmente no hay ninguna seguridad de que su impunidad termine, pues han existido muchos criminales que nunca fueron castigados. Pero para quienes seguimos trabajando para que nadie sea impune, por muy alta que sea su posición, el recuerdo de Nuremberg siempre está en nuestra memoria y el merecidísimo premio otorgado a Navi Pillay nos espolea en nuestro afán, a la par que nos da esperanza de lograrlo.