Incluyo un comentario del profesor emérito Miguel Candel.
Efectivamente. Yo soy judía. Incluso soy socia vitalicia del Club Hebraica. Lo que está haciendo Israel es terminar con la inteligencia judía que modeló la manera de ver la realidad en el siglo XX en Occidente, que viene ya desde Spinoza. Pero en el siglo pasado ya tuvimos una remodelación de las sensibilidades. Y son en gran medida judíos los que lo han hecho: eran judíos sin Estado. Y la creación de un Estado judío acabó con los Marx, Levinas, Freud, Walter Benjamin, Levi-Strauss, Hannah Arendt, Einstein, Jonas Salk, quien fue el inventor de la vacuna contra la poliomielitis, que le salvó la vida a la humanidad, y cuando le pidieron que la patentara, dijo que “es de la gente”. Hubo una judeidad grandiosa, generosa e inteligentísima, porque pudieron ver el mundo desde los márgenes y criticarlo sin lealtad estatal. A esa inteligencia judía la mataron quienes crearon el sionismo y fundaron el Estado de Israel, a quienes les importa un pepino la judeidad. Lo hicieron por un interés propio y el de Inglaterra y EE.UU; y han caído en esa trampa por la fragilidad después de la Segunda Guerra: el sionismo es una trampa para la judeidad y cayeron en ella en un momento de gran debilidad, en el que no pudieron pensar bien a quién le convenía la fundación de ese Estado: ciertamente, no a los judíos. La trampa es que Israel es un brazo del imperio en el Medio Oriente y es muy triste que así sea para las personas que tenemos alguna sangre judía. Porque esa inteligencia judía fue siempre insurgente y crítica. Israel es un golpe a la judeidad».
Miguel Candel:
No puedo estar más de acuerdo con ese maravilloso «manifiesto» de Rita Segato. Algo de eso he dicho yo más de una vez en mis clases de Historia de la Filosofía (por cierto, sospecho que mi apellido paterno es de origen judío; pero la estirpe judía es matrilineal).
Hay que aclarar que el nivel cultural de los judíos se debe en gran parte a la obligación casi (o sin casi) religiosa de aprender a leer para tener un mejor acceso a la Torah. El nombre hebreo de Dios, por ejemplo, que nosotros transcribimos alegremente como Yavé, era tabú, impronunciable, pues a las cuatro consonantes que lo componen, Y, H, V, H, nunca se le asignaban vocales (del resto del vocabulario hebreo tampoco se escribían las vocales -al igual que en árabe-, pero su vocalización se transmitía oralmente; en cambio, el nombre de Dios sólo era escribible, no pronunciable).
MC