Foreign Affairs, 9 de octubre de 2026.
La lucha de Teherán por alcanzar el rango de gran potencia en un Oriente Medio posusamericano.
En lo que respecta a Irán, el balance de la Administración Trump es francamente desolador. No logró doblegar a la República Islámica con meses de intensos bombardeos. Tampoco pudo quebrar la voluntad de Irán en la mesa de negociación. Sin embargo, pese a siete meses de reveses, los responsables usamericanos creen haber pasado página. Han impuesto nuevas sanciones mientras mantienen el bloqueo usamericano de la costa sur del país, estrangulando su acceso al comercio exterior. Por ello, han llegado a la conclusión de que la República Islámica pronto cederá o será derrocada. «Vamos a asfixiar económicamente a este régimen», declaró el secretario del Tesoro, Scott Bessent, el 1 de septiembre.
No cabe duda de que Washington ha causado daños considerables a Irán. Pero la República Islámica no cree estar desmoronándose. De hecho, Teherán piensa que derrotará a USA, y no es difícil entender por qué. El Gobierno iraní no se limitó a sobrevivir a los bombardeos usamericano-israelíes. Respondió con ferocidad, dañando bases militares usamericanas y obstaculizando el paso por el estrecho de Ormuz. Su población está pagando un elevado precio económico por los daños de la guerra y las restricciones impuestas por Washington, pero buena parte de ella se ha unido en torno a la bandera y parece aceptar que las penurias son necesarias para que Irán pueda defenderse. Como resultado, Teherán se ha envalentonado. Puede que sus dirigentes no coincidan en todas las tácticas, pero comparten las mismas ambiciones: expulsar a las fuerzas usamericanas del golfo Pérsico, obligar a Washington a levantar todas sus sanciones y conseguir que USA acepte que Irán es una gran potencia.
Este programa puede parecer excesivamente audaz, dado que Irán se ha debilitado en términos materiales. Pero la República Islámica cree que sus objetivos están a su alcance. Considera que su ejército puede expulsar a las tropas usamericanas del golfo Pérsico si continúa atacando directamente sus bases y consigue que los países árabes presionen a USA para que se marche. También cree que, sembrando el caos en los mercados energéticos, puede obligar a Washington a levantar las restricciones económicas. En otras palabras, la teoría de la victoria de Teherán consiste en resistir e infligir suficiente sufrimiento a USA para que ponga fin a su política de contención de Irán.
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Nadie duda de que la guerra ha golpeado duramente a Irán. Meses de bombardeos usamericanos e israelíes han dañado las industrias y las infraestructuras del país, disparado el desempleo y empujado a más iraníes a la pobreza. Las sanciones y el bloqueo naval de Washington han provocado una inflación galopante. Y los ejércitos usamericano e israelí pueden atribuirse numerosos éxitos tácticos, entre ellos el asesinato del anterior líder supremo iraní, Ali Jamenei.
Pero, en términos estratégicos, el conflicto ha sido desastroso. Los responsables usamericanos creían que unos devastadores bombardeos aéreos y una ofensiva de gran alcance para deteriorar la economía iraní pondrían de rodillas a la República Islámica. No fue así. Washington esperaba que el asesinato de Jamenei desencadenara un levantamiento masivo contra el Gobierno. Ese cálculo también fracasó. En cambio, la muerte de Jamenei movilizó a los partidarios más fervientes de la República Islámica. Marcharon cada noche por las principales ciudades del país y acabaron sumándose a ellos iraníes de otras tendencias políticas, que se movilizaron en apoyo de su patria. Cuando comenzó la guerra, Turquía tenía previsto acoger a 70.000 refugiados iraníes. Pero fueron pocos los que huyeron. De hecho, a medida que avanzaba la guerra, muchos iraníes residentes en el extranjero regresaron a su país, entre ellos figuras de la cultura, periodistas y políticos exiliados desde hacía mucho tiempo, como los cantantes Mohsen Namjoo y Bijan Mortazavi.
Este auge del nacionalismo no supone un respaldo a la República Islámica. Muchos iraníes siguen profundamente descontentos con los dirigentes del país. Pero su indignación contra el Gobierno ha quedado eclipsada por su indignación contra Washington. Antes, la mayoría de los iraníes dudaba de la afirmación de la República Islámica de que USA estaba empeñado en destruir su país y, de hecho, esperaba que Teherán buscara mejorar sus relaciones con Washington. Pero los bombardeos de las ciudades iraníes y las reiteradas amenazas del presidente usamericano Donald Trump de aniquilar la civilización del país —afirmando, por ejemplo, que podría «hacer volar por los aires a toda la nación» y arrojarla «al infierno, sin posibilidad alguna de sobrevivir»— han cambiado las actitudes. Ahora, iraníes de todo el espectro político sí creen que USA quiere borrar su país del mapa o, al menos, obligarlo a capitular ante todas las exigencias usamericanas.
Esta conclusión se hizo evidente en las largas conversaciones que mantuvimos con iraníes de todas las ideologías. Empezamos a realizarlas cuando Washington bombardeó Irán por primera vez, en junio de 2025, y las hemos continuado hasta el presente, siguiendo sus actitudes políticas a lo largo de ese período. La inmensa mayoría expresó una profunda angustia e indignación contra el Gobierno tras las masacres perpetradas en respuesta a las protestas multitudinarias de enero. Pero comprobamos que las opiniones políticas han cambiado radicalmente a medida que se prolongaba la guerra y Trump intensificaba su retórica de aniquilación. «Creíamos tanto en la promesa usamericana», nos dijo Ali, un disidente de larga trayectoria, de 45 años, que ha pasado años en prisión por su activismo social y político. «Sin embargo, con esta guerra y todo lo que Trump y su Administración han dicho y hecho, está claro que los usamericanos nos vendieron una mentira. Solo quieren la sumisión total de Irán, y eso no es aceptable para nosotros». Mahsa, una escritora y artista de treinta y tantos años, transmitió sentimientos similares. «Todo lo que creíamos que [USA]representaba, la libertad, el respeto y la democracia, ahora me parece mentira», dijo. «Por mucha indignación que haya sentido contra nuestro Estado a lo largo de los años, esta es nuestra patria, y ningún país extranjero tiene derecho a matar a nuestros dirigentes, a lanzar bombas sobre nuestros hijos ni a intentar destruirnos».
No sorprende, por tanto, que el cortejo fúnebre de Jamenei en julio congregara a millones de dolientes, pese a que el país estaba en pleno conflicto. Durante el acto se repartieron banderas rojas que simbolizaban el deseo de una venganza sangrienta. Poco después, Irán atacó buques mercantes que cruzaban el estrecho de Ormuz, haciendo saltar por los aires el precario alto el fuego que había acordado con USA tres meses antes.
Muchos responsables usamericanos parecen creer que una fuerte presión económica acabará provocando un cambio de opinión: que, si sufren lo suficiente, los iraníes decidirán intentar derrocar a su Gobierno, o que la República Islámica, temiendo por su supervivencia, se someterá a las exigencias usamericanas. Pero esto es pensamiento mágico. Irán lleva quince años desarrollando una economía diseñada específicamente para resistir la guerra económica usamericana. Por ejemplo, los responsables iraníes han forjado sólidas relaciones con comerciantes de países vecinos y han hecho que el país sea casi autosuficiente en materia alimentaria. Por ello, aunque la economía iraní sufre y la inflación es elevada, hasta la fecha las ciudades y localidades no han experimentado escasez de bienes o servicios esenciales. «Es increíble lo bien que se ha gestionado todo dentro del país», dijo Hamid Reza, un ingeniero que viaja regularmente entre Isfahán y Teherán por motivos de trabajo. «Las cosas están caras, pero no ha habido escasez alguna en todo el país. Todo se ha gestionado internamente con mucho cuidado».
Esto no significa que los iraníes sean optimistas respecto a su país. Les preocupa el futuro y anhelan el regreso de la calma y un alivio económico. Pero no ven la guerra usamericano-israelí como una liberación. La consideran, en cambio, una agresión gratuita, y el nacionalismo resultante ha difuminado las fronteras entre las facciones políticas y reducido las probabilidades de otro levantamiento político. La guerra, por tanto, ha fortalecido a la República Islámica.
Infligir dolor para obtener resultados
Al igual que su población, el Gobierno iraní ha adoptado una visión más hostil de Washington desde que comenzó el conflicto. El nuevo líder supremo del país, Mojtaba Jamenei, ha colocado a colaboradores de confianza en puestos clave, aunque él mismo sigue escondido. En su mayoría son figuras de línea dura vinculadas al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. Estos hombres, entre ellos Mohsen Rezaei, asesor de seguridad nacional, y Hossein Taeb, comandante de las principales fuerzas paramilitares encargadas de la seguridad interior de Irán, creen que para disuadir nuevos ataques es necesaria una respuesta contundente y agresiva ante cualquier provocación. Dudan de que Washington apueste seriamente por la diplomacia. Señalan que USA ha atacado a Irán dos veces en plena negociación y después se ha desentendido del memorando de entendimiento que firmó con Irán en junio; por eso sostienen que no es digno de confianza. De hecho, creen que, si USA muestra interés en dialogar, podría incluso estar preparando nuevos ataques, como ocurrió en junio de 2025 y febrero de 2026.
Los sectores relativamente moderados de Irán tienen una postura algo distinta. Estas élites, entre las que figuran el presidente iraní Masoud Pezeshkian, el presidente del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf, el expresidente Hasan Rouhani y el exministro de Asuntos Exteriores Mohammad Javad Zarif, han defendido de forma constante que Teherán siga buscando una solución diplomática al conflicto. Pezeshkian y Ghalibaf han destacado las dificultades económicas que afronta la gente corriente. Pero la distancia que los separa de los dirigentes de línea dura no es tan grande como podría parecer. Como nos dijo un analista familiarizado con estas figuras, «nadie está diciendo que Irán deba rendirse». Puede que consideren el alivio económico una prioridad máxima, pero su solución consiste en obligar a USA a aplicar el memorando de entendimiento que firmó en junio. Según la interpretación iraní, aquel acuerdo comprometía a Washington a descongelar todos los activos de Irán, levantar todas las sanciones, no volver a atacar el país y pagar reparaciones, a cambio únicamente de un alto el fuego y de la reanudación del comercio a través del estrecho de Ormuz, donde Irán podría seguir cobrando tasas. Desde finales del verano, Rezaei y Ghalibaf han declarado que la diplomacia debe comenzar con el retorno de USA al memorando. Como nos dijo el mismo analista después de recientes reuniones de la ONU en Nueva York, estas figuras creen que «Trump no está preparado» para unas negociaciones reales. Consideran, en cambio, que Trump solo volverá a ese acuerdo si acepta la victoria de Irán, y eso exige aumentar el coste de la guerra para USA.
Por tanto, Irán actuará sin contención y de manera desproporcionada. Si se reanuda la guerra, atacará en toda la región, no solo en las inmediaciones del país. La opinión dominante en Teherán es que la prudencia y la previsibilidad solo alentarán una mayor presión usamericana y no contribuirán en nada a sus principales objetivos militares: conseguir que Washington retire todas sus tropas del golfo Pérsico y acepte la primacía de Irán. Los reiterados ataques iraníes contra bases e instalaciones militares usamericanas en Jordania, Siria y todo el golfo Pérsico ya persiguen ese objetivo. Hasta cierto punto, han tenido éxito. Los ataques han dañado gravemente varias instalaciones y equipos usamericanos, obligando a USA a trasladar gran parte de sus operaciones y recursos militares a Israel y Jordania y a recurrir a una base situada en el centro del océano Índico para obtener apoyo logístico. La amenaza de ataques iraníes incluso ha llevado a Washington a retirar todos sus bombarderos B-1 de una base en Gran Bretaña.
Al mismo tiempo, Teherán intenta que los socios de Washington en el Golfo cierren las bases militares usamericanas situadas en sus países. Para ello, ha declarado abiertamente que la paz y la seguridad en el golfo Pérsico dependerán de la expulsión del ejército usamericano y ha bombardeado repetidamente a Estados del Golfo a los que sospecha de contribuir al esfuerzo bélico de USA. En última instancia, es poco probable que Irán ponga fin a la presencia militar de USA en la región del Golfo. Pero ha hecho lo suficiente para que los Estados árabes se lo piensen dos veces antes de confiar en el paraguas de seguridad usamericano, lo que podría traducirse en una menor presencia militar de USA en la región.
Por supuesto, Irán podría expulsar al ejército usamericano de su entorno sin obtener un alivio económico. De hecho, la Administración Trump anunció un «día D económico» en parte porque las fuerzas armadas estaban agotadas y porque los ataques iraníes contra la Armada usamericana han obligado a los buques de Washington a alejarse de las costas iraníes. Pero Irán cree que puede obligar a su adversario a alcanzar algún tipo de entendimiento económico si le inflige suficiente sufrimiento financiero. Con ese fin, Teherán ha intentado encarecer el petróleo, el gas, el diésel, el combustible de aviación y otros derivados del petróleo atacando varias instalaciones energéticas de la región del Golfo, entre ellas el yacimiento de gas de Ras Laffan, en Catar —en represalia por un ataque israelí contra el yacimiento iraní de South Pars— y las instalaciones petroleras del puerto de Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos. Irán también está atacando buques que transportan petróleo y gas natural. Y trata de consolidar su control sobre el estrecho de Ormuz, que considera territorio bajo soberanía iraní. Washington se ha opuesto con firmeza a este empeño y recientemente ha conseguido ayudar a los petroleros a atravesar ese paso estratégico. Pero estas operaciones han requerido enormes recursos navales, y USA no puede sostenerlas indefinidamente.
Los socios regionales de Irán también le están echando una mano. Fuerzas iraquíes respaldadas por Irán han atacado un oleoducto vital que transporta petróleo saudí hasta instalaciones situadas en el mar Rojo, lo que reducirá notablemente el suministro mundial de crudo durante meses. Sus aliados hutíes en Yemen también han atacado de forma constante instalaciones petroleras saudíes. Los hutíes incluso han conquistado vastos territorios nuevos y llegado hasta el estrecho de Bab el-Mandeb, lo que les permite amenazar el mar Rojo, por el que pasa el 12 % del comercio mundial. Estos ataques también han demostrado que, aunque la red de Irán haya sido duramente golpeada en Líbano y Siria, sigue siendo, en conjunto, muy capaz de actuar.
Mantener el rumbo
USA puede creer que ha acorralado a Irán. Pero Teherán discrepa. No se ve a la defensiva ni sin opciones. Por el contrario, cree haber alcanzado el rango de gran potencia. Se enorgullece de su actuación militar y considera haber ganado un nuevo respeto internacional. Los responsables de Teherán celebraron las imágenes de la entusiasta acogida que los Estados miembros dispensaron a la delegación iraní en las reuniones de septiembre de la Organización de Cooperación de Shanghái y del grupo no occidental de los BRICS.
Irán sigue afrontando desafíos monumentales y no ha encontrado la manera de transformar lo conseguido en la guerra en beneficios duraderos en tiempos de paz. Pero está dispuesto a seguir luchando, cuando y si es necesario. Como expresó un destacado analista iraní cercano a los responsables políticos del país, el Gobierno cree que el pueblo iraní «está dispuesto a soportar las penurias económicas y el sufrimiento si eso significa que [va] a ganar». Y sus élites se han unido en torno a una estrategia común. En otras palabras, Teherán confía en que puede imponerse manteniendo el rumbo. No hace falta ninguna concesión.
NARGES BAJOGHLI (Teherán, 1982) es antropóloga y profesora asociada de Estudios de Oriente Medio en la School of Advanced International Studies de la Universidad Johns Hopkins. Es autora de Iran Reframed: Anxieties of Power in the Islamic Republic
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VALI NASR (Teherán, 1960) ocupa la cátedra Majid Khadduri de Relaciones Internacionales y Estudios de Oriente Medio en la School of Advanced International Studies de la Universidad Johns Hopkins y es autor de Iran’s Grand Strategy: A Political History.