“HIROSHIMA Y NAGASAKI” por Ramón Qu (+ observación de Daniel Jiménez Schlegl)

Se llamaba Kinue. La conocí hace ya bastantes años. Estudiábamos inglés en Bristol. Cierto día en la escuela estábamos en la clase de “Conversation”. Pertenecíamos al nivel más bajo, o sea que nuestro diálogo se limitaba a responder torpemente a preguntas del tipo de: ¿cómo te llamas?, ¿de dónde eres?, ¿en qué trabajas?, ¿qué tipo de música te gusta?…

Me tocó el turno de preguntar y a Kinue de responder. Mi pregunta fue: ¿dónde naciste?; su respuesta: Hiroshima.

No sé si mi memoria lo inventa, pero creo recordar que se hizo un gran silencio en la clase. La pregunta siguiente flotaba en el aire, pero nadie parecía atreverse a hacerla. Al cabo, alguien la realizó. Kinue respondió: «Yo tenía siete años»

El silencio aún fue mayor. Mirábamos a Kinue como si fuera un fantasma: estábamos delante de una persona que había sobrevivido a la primera bomba atómica arrojada sobre la humanidad. Una mezcla de miedo, respeto e incredulidad nos mantenía como hipnotizados.

Por fin, la curiosidad venció y la clase entera, no recuerdo por boca de quien, preguntó el «¿cómo fue?»

Kinue, inmóvil, siempre derecha, con las piernas bien juntas, las manos reposadas sobre las rodillas, respondió: “Se me cayó la casa encima y sentí calor, mucho calor”. Recuerden que estábamos en el nivel de principiantes y la frase que he puesto en sus labios fue más bien dicha con palabras sueltas, algo así como: “house… bum… over me… hot, very hot”

No logramos sacarle una palabra más. A todas y cada una de las muchas preguntas que le hicimos Kinue respondió con la misma quietud sonriente.

Porque seguía inmóvil, siempre derecha, con las piernas bien juntas, las manos reposadas sobre las rodillas y con una sonrisa que ocupaba todo su rostro y hacía casi invisibles sus ojos rasgados.

Recuerdo, y esta vez con perfecta claridad, que creí percibir en su sonrisa que nos pedía perdón por ser japonesa, que se sentía culpable por haber sobrevivido, que sentía vergüenza de ser lo que era. Pero quizás me engañaba y tras su sonrisa y sus muy educadas maneras orientales se escondía el desprecio, el odio, la firme resolución de no perdonar.

Al terminar la clase, Kinue se fue sonriente, con su frágil andar de pájaro. Nunca más mencionó su «experiencia» y nadie de nosotros se atrevió a volver a preguntarle sobre ella. Cuando el curso terminó y celebramos una fiesta de despedida, Kinue nos regaló a todos unas maravillosas aves hechas de papel.

¿Perdonaba?

Porque de perdón queríamos hablar o mejor de la aún pendiente y siempre imprescindible petición de perdón del estado de EE.UU a Japón y a la humanidad por haber arrojado dos bombas atómicas.

El 27 de mayo de 2016, Obama después de colocar una corona de flores en el cenotafio donde están consignados las decenas de miles de muertos provocados por la primera bomba atómica dijo: “Hace 71 años, la muerte cayó del cielo y el mundo cambió para siempre… y esta bomba demostró que la humanidad tiene los medios para destruirse a sí misma”; luego añadió: “¿Por qué estamos aquí, en Hiroshima? Hemos venido a reflexionar sobre esta terrible fuerza liberada en un pasado no muy lejano. Hemos venido para rendir homenaje a los muertos”.

Y rendir un homenaje y reflexionar es justo. Reflexionemos, pues:

Y lo primero que habría que decir es que esa terrible fuerza liberada no lo hizo por sí misma, sino que alguien la liberó.

Y lo segundo que se debería decir es que la “bomba” no demostró nada y mucho menos que la humanidad tiene los medios para destruirse a sí misma. Por el contrario, lo que algunos demostraron es que los poseedores de esa arma pueden utilizarla y destruir, si no a la humanidad, sí al menos cientos de miles de vidas.

Y lo tercero que se tendría que decir es que la muerte no cayó del cielo, sino que alguien la arrojó por razones políticas y militares muy concretas y “racionales”. No fue un ignoto Yahvé castigando a unas pecadoras Sodoma y Gomorra, fueron unos dirigentes políticos y militares, con nombres y apellidos, conscientes de lo que hacían y buscaban, y que eligieron con mucho cuidado cuál era el mejor tipo de ciudad japonesa donde tirar las bombas.

Y lo cuarto que habría que subrayar es que eludir la mención del sujeto y agente de lo que ocurrió es despreciable y convierte al lenguaje en nido de víboras e instrumento de mentiras.

Porque la bomba “Little Boy” arrojada desde el “Enola Gay” el 6 de agosto de 1945 sobre Hiroshima tuvo un sujeto

Porque la bomba “Fat Man” arrojada desde el “Bockscar” el 9 de agosto sobre Nagasaki tuvo un agente.

Y ese sujeto y agente fue el estado norteamericano, es decir, los EE.UU, o sea, USA.

Y es ese sujeto y agente el que debe pedir perdón de una vez.

Observación de Daniel Jiménez Schlegl.

Muchas gracias también por pensar en nosotros Ramón.

Muy bueno e impactante. 

Quinto, yo añadiría, que Hiroshima y Nagasaki inauguraron con fuerza normalizadora tres cosas importantes:

1. que la población es el principal objetivo. La consagración de la maldad (abuso de poder) contra la sociedad (la fuerza productiva y reproductiva, la esperanza y el motor de una comunidad), como amenaza en el juego político geoestratégico.

2. que los productores y poseedores de armamento de destrucción masiva no responderán nunca ante los crímenes de lesa humanidad, son los agentes excepcionalmente impunes ante el derecho humanitario internacional, pues disponen de la fuerza para hacerlo cumplir como gusten o violarlo sistemáticamente. La posesión de este armamento da poder en el juego político internacional, un poder soberano donde la sujeción a la legalidad o a los pactos no cuenta.

3.que la tecnología al servicio de la destrucción masiva coloca al hombre en una dimensión moral hasta entonces nunca vista (en su magnitud deshumanizadora). La mediación tecnológica, las razones técnicas, la lógica del equilibrio-desequilibrio de fuerzas tecnológicamente destructivas prescinden de manera radical de lo humano, incluso de la supervivencia de los propios agentes responsables.Es la deshumanización nazi normalizada, sorprendentemente, tras 1948 (quizás cosas como esta contribuyeron al hundimiento de Primo Levi, superviviente de Auschwitz, que acabó arrojándose por el hueco de la escalera).

Esta cuestión creo recordar la plantea Günther Anders en su correspondencia con Claude Eatherly, el piloto del avión de reconocimiento para el Enola Gay. El libro lo tengo en alemán pero creo que hay una traducción al castellano.

Salva, quizás sea oportuno reseñar libros que no son novedades pero que convendría releer en estos tiempos de anorexia moral.

Abrazos fraternales

D.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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