La guerra de agresión desencadenada por EE.UU. e Israel (el eje USIS) contra Irán está golpeando ya a todo el planeta.
Los países del golfo han sido objeto de los contraataques lanzados por Irán en legítima defensa, pues en ellos están situadas la mayoría de las bases militares y navales norteamericanas usadas para la agresión. Líbano está siendo objeto de una nueva escalada sionista de bombardeos contra la población civil, con la intención de quebrar el apoyo mayoritario que tiene Hezbollah. Otros países asiáticos están ya padeciendo las consecuencias económicas derivadas del bloqueo del estrecho de Ormuz. Pakistán ya ha establecido medidas para racionar el uso de combustibles fósiles. Lo mismo ha sucedido en Nepal y podría suceder pronto en la India. En lugares más alejados han empezado ya los aumentos del precio de esos combustibles y se avecinan procesos inflacionarios y desordenes financieros.
Por todo esto, en los centros de poder occidentales y en sus terminales publicitarias, aunque con sordina, se habla de la necesidad de que esta guerra acabe cuanto antes, de modo que se pueda regresar rápidamente al «Business as usual». Lo que no obsta para que ninguno de esos centros de poder, sometidos como están al único poder occidental auténtico, haga algo material para oponerse a esta guerra.
Y, sin embargo, entre muchas personas de buena voluntad, pero mal informadas, cunde la sensación de que sí hay un cierto poder occidental que hace algo. Naturalmente nos referimos al gobierno español presidido por el Dr. Sánchez. Y de esto es de lo que queremos ocuparnos aquí. No sólo de la marcha de la guerra y sus gravísimas repercusiones en tantos lugares, sino de como nos afectará en nuestro pequeño rincón del planeta.
Lo primero que debemos advertir es que el «no a la guerra» gubernamental muestra, una vez más, que el Dr. Sánchez es el más listo de la clase. Es cierto que, al tiempo que saca esa pancarta, envía una fragata a Chipre y que es muy dudoso que sea verdad que Rota y Morón no estén siendo utilizadas por EE.UU. para su agresión contra Irán (en realidad parece que al principio sí lo fueron, igual que lo fueron durante los bombardeos del pasado junio). Todo ello es muy propio de eso tan español de poner una vela a Dios y otra al Diablo, pero no cabe duda de que una gran mayoría de electores (que es la categoría de españoles que le importa al Dr. Sánchez) se siente muy identificada con esa frase y solamente una pequeña parte de estos va a exigir con firmeza que se proceda de acuerdo con ella. Es decir, saliendo de la OTAN y sacando a los norteamericanos de Rota y Morón.
Frente a esta hábil posición destaca la inanidad intelectual de la derecha española. Su organización más extrema clama por ser más serviles que nadie con los Estados Unidos, dejando en el aire la sospecha de que su objetivo de patriotas sería convertirnos en una especie de estado asociado, como es Puerto Rico. Desde luego está claro que han olvidado que el primer diputado de la extrema derecha en el posfranquismo (el notario Blas Piñar) había sido destituido de la dirección del Instituto de Cultura Hispánica por un artículo (Hipócritas) en contra de la política exterior norteamericana. En cuanto al PP, siempre tan adalid del Derecho y la Ley, no ha tenido empacho en aplaudir una agresión contraria al Derecho Internacional y a la Carta de las NN.UU., que ya estaban muy deteriorados y ahora Trump está enterrando. También han procurado poner de manifiesto las contradicciones, entre el dicho y el hecho, del Dr. Sánchez, pero no parece que esto les esté saliendo muy bien, ya que, como decíamos más arriba, la mayoría de españoles siempre preferirá que haya respeto por las formas, aunque no sea muy profundo. Los propios partidarios del PP se ven afectados por esta sensación y, seguramente por este motivo, algunos de sus medios publicitarios han empezado a recoger velas y a poner en un cierto valor, por más que relativizándolo, ese Derecho Internacional que mencionábamos. Junto a este pequeño giro, la ira con la que responden al cierto reconocimiento internacional que ha conseguido la postura del Dr. Sánchez es también una prueba de que comienzan a ver que su posición no les va a generar apoyos electorales y puede, sin embargo, hacerles perder alguno. Siempre, por supuesto, en referencia a unas elecciones generales, pues las de otro tipo no suelen estar muy influenciadas por acontecimientos exteriores. Salvo que estos estén ya actuando directamente.
Y este es quid de la cuestión. Por el momento lo que sucede en España tiene más que ver con el aprovechamiento electoral de la guerra, que con las propias consecuencias de esta. Pero estas consecuencias también van a llegar. Hasta ahora sólo hemos padecido el incremento de los precios del crudo, razón por la cual el gobierno está estudiando medidas de ayuda al transporte, aunque ya está claro que estas van a beneficiar sobre todo a las grandes empresas de transporte por carretera, pues no parece que vaya a haber, a diferencia de lo ocurrido durante la pandemia, subvenciones al precio del combustible de uso agrícola y pesquero. Lo que no ha llegado aún a España son los efectos sobre la agricultura, pues hay que recordar que los países del golfo Pérsico son los principales productores y exportadores de urea y otras materias imprescindibles para los fertilizantes. Naturalmente esto tendrá una gran repercusión en el precio de los alimentos. Ya los datos del último mes, o sea antes del inicio de la guerra, indicaban que el precio de los alimentos subía mucho más que el IPC general. Y no debemos olvidar que los alimentos son productos de primera necesidad, de los que no se puede prescindir.
Lógicamente los efectos de la guerra serán peores cuanto más dure esta, pues a la inflación y los desordenes financieros se unirá también la escasez, tanto de crudo y gas, como de alimentos. Lo visto hasta hoy muestra que la guerra (entrada en su tercera semana al escribir estas líneas) no va a ser corta. Por un lado Irán no va a cejar en su contraataque, por el otro EE.UU. no puede detener la agresión hasta que Trump pueda proclamar su victoria y para ello precisa llegar a un punto en que esa proclamación tenga alguna apariencia de verdadera. Cosa que está muy lejos de suceder por ahora, pues estamos viendo de nuevo (ya lo vimos en Iraq y Afganistán) como EE.UU. tiene fuerza bruta suficiente para arrasar un país y asesinar a miles de personas, pero carece de la fuerza necesaria para controlarlo. La otra pata del eje USIS, por su lado, no tiene interés en detener la guerra, ya que se trata de una sociedad colonial que vive en estado perpetuo de guerra, y no necesita controlar Irán, le es suficiente con destruirlo y así hacer desaparecer a la única potencia de la zona que siempre le ha resistido. Además la entidad sionista no está sujeta por ninguno de los resortes que Trump ha de tener en cuenta. A ellos les trae sin cuidado la cita electoral que tiene Trump en noviembre, ya que también tienen atado en corto al partido demócrata, como se vio durante la presidencia de Biden, en los momentos cruciales del genocidio en Gaza. En cuanto a sus propias elecciones basta con recordar que todos los partidos sionistas comparten los mismos principios y prácticas colonialistas y racistas. Por lo que toca a los graves problemas económicos que van a padecer tantos países, consideran que eso no es asunto suyo, sino de Trump. Incluso les puede venir bien, ya que quienes más van a sufrir son países del Sur global y estos no suelen ser muy amigos del estado sionista.
De este modo la guerra puede alargarse en tanto los contendientes sigan teniendo recursos militares. Es decir, interceptores el eje USIS y misiles y lanzaderas para ellos Irán. Por supuesto descartamos cualquier intento de invasión terrestre de Irán, sobre todo viendo las extremas dificultades que está teniendo Israel en sus incursiones libanesas, aunque no negamos que pudiera haber alguna intentona tipo comando. En realidad el escaso número de tropas de tierra (unos pocos miles de infantes de marina) que EE.UU. ha destacado en la zona sí hace pensar que estén pensando en algo así. Aunque deberían recordar el infausto intento que llevaron a cabo en 1980 y que enterró electoralmente a Carter. No obstante, este tipo de acciones nunca son decisivas en una guerra.
La duración del conflicto es mala para nuestros «patriotas» de opereta, ya que pone en tela de juicio sus proclamas sobre la omnipotencia del imperio y a muchos de sus partidarios el señuelo que les mueve a estar en favor de EE.UU. es precisamente ese. Así que, si se desinfla el globo, puede que empiecen a cambiar de chaqueta. También es mala para el PP, pues estos son conscientes de todos los males económicos que afectarían duramente a los españoles más humildes y temen que eso podrían impulsar a muchísimos de estos (que son el sector más abstencionista de nuestro censo electoral) a votar y no precisamente por el PP. Seguramente esta consciencia es la que está detrás de los artículos de sus voceros más cercanos, donde se pone ya en duda que Trump tenga alguna idea clara sobre lo que ha desencadenado y sobre las razones que le movieron a hacerlo.
El gobierno, o al menos su presidente, sabe que el PSOE sí tiene respuestas para lo que se nos viene encima si la guerra dura. Lo primero es que la inmensa mayoría de los españoles culparán a Trump de ello, no al gobierno. Esto tiene la ventaja de ser cierto, además el Dr. Sánchez (repetimos, un oportunista sin escrúpulos, pero el más listo de la clase) lleva tiempo impostando su figura de opositor europeo a Trump, por ejemplo alejándose intencionadamente de él en ciertas fotos de grupo. Lo segundo es que ya están dedicados a lanzar una serie de iniciativas que, al tiempo que reconocen la gravedad de los efectos de la guerra, buscan disminuirlos. Es cierto, como decíamos arriba, que algunas de estas medidas están sesgadas en favor de los más grandes, pero ya se encargará la publicística gubernamental de argüir lo contrario. Al tiempo que pondrá de manifiesto que a otros países les irá mucho peor (lo que también será cierto) y, sobremanera, insistirá en que la culpa es de Trump y, como no, de sus acólitos de toda la derecha española. Todo junto ayudará mucho a la suerte electoral del Dr. Sánchez, quien ya se ocupará de afinar la clave de la fecha en función de ello, analizando con cuidado el discurrir de la guerra y sus consecuencias aquí.
Por lo que hace a esa pequeña parte de españoles convencidos de que es obligado dejar de usar el «no a la guerra» como frase de pancarta y sacar las consecuencias lógicas, ya explicadas más arriba, es obvio que no nos podemos conformar. Tenemos que reconocer que es bueno que la posición gubernamental, por tibia e incoherente que sea, ponga de manifiesto las responsabilidades del eje USIS en la catástrofe que nos amenaza, pero hay que ir más allá. Hemos de intentar sumar más personas de las que sienten esa verdad a nuestras razones. Y, luego, a nuestras movilizaciones, pues únicamente si nuestras movilizaciones se hacen masivas, será posible terminar con la incoherencia gubernamental y acabar con la OTAN y las bases. Esto requiere más unidad en nuestras filas, para que haya menos convocatorias de movilización, pero más grandes. Y requiere, también, tener claro que no conseguiremos nada mientras no veamos que el objetivo de todo ha de ir más allá. Ha de ir encaminado al servicio de la construcción de una verdadera fuerza política de izquierda que dispute todo el campo de juego, no sólo este.
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