Del historiador y miembro de Espai Marx, José Luis Martín Ramos.
Creo que estáis confundiendo patriota con nacionalista, y no es lo mismo aunque muchos nacionalistas se quieran presentar como patriotas.
La acepción histórica, de diccionario y de comportamiento político, de patriota es quien ama a su patria -la tierra de sus padres, que es lo que quiere decir- y procura todo su bien. Así es como el campo republicano español era el campo de los patriotas, o lo era la resistencia antinazi durante la segunda guerra mundial, o los movimientos antiimperialista en el tercer mundo. Y así se consideró hace pocos años en un debate en el que participaron Julio Anguita y Manolo Monereo entre otros.
En la izquierda, la del movimiento obrero, la del marxismo se defendió esa acepción y es una falsedad absoluta que Marx y Engels, sin más, dijeran en el Manifiesto Comunista que los obreros no tenían patria. Esa afirmación parte de una frase en la que lo que decían era que la burguesía había enajenado a los obreros de su patria (lo expliqué en mi libro sobre la cuestión nacional, no me extiendo). Suponer que los obreros, y cualquiera, no tiene patria es metafísico -en el uso peyorativo del término, no me echéis los caballos encima-. Otra cosa es la identidad nacional, que es más complejo y que supone un determinado acto de adhesión, de identificación.
Sea como fuere el movimiento obrero revolucionario es, desde siempre, internacionalista, no anacionalista; reconoce la existencia de las naciones y postula el entendimiento entre ellas en plano de igualdad (inter-nacional). No ha sido nunca cosmopolita; sí lo ha sido -muy equívocamente por cierto- la masonería.
Luego el patrioterismo, el chovinismo, es otra cosa. Y el nacionalismo también. Es cierto que el nacionalismo pretende que ambos términos sean sinónimos, pero no lo son. Y en la primera guerra mundial la propaganda nacionalista, imperialista, abusó de esa falsa sinonimia.
Es algo que ocurre con otros conceptos históricos, que se deforma su contenido original; por ejemplo, con la palabra socialista e incluso con la palabra democracia. Defender el sentido original, el real forma parte de la batalla cultural que siempre decimos que hay que dar, pero que descuidamos dar en las cosas más corrientes y cotidianas.