“Octubre rojo: Ni conspiración ni producto de un partido monolítico. Notas sobre Alexander Rabinowitch” (I) por Nicolás González Varela

¿La meta es el origen? Ha fallecido a los 91 años Alexander Rabinowitch (1934-2026), quizá uno de los historiadores occidentales más decisivos y definitivos sobre la Revolución Rusa, y en especial del Bolchevismo qua organización revolucionaria. Sin dudar ni un instante, afirmaba que la revolución de octubre de 1917 en Rusia fue sin duda uno de los eventos más importantes, si no el más importante, del siglo XX. Si la palabra “historia” en griego quiere decir investigación y verificación, su obra sobre la Revolución de Octubre es, en este sentido, plenamente clásica. De Quincey sostenía que la Historia es una disciplina indefinida e infinita, ya que los mismos acontecimientos y sucesos pueden combinarse e interpretarse de múltiples formas, nunca tan cierto como con la revolución rusa.

Rabinowitch tuvo la vida típica de émigré de la Europa del Este. Su padre fue científico —un físico muy famoso, nacido en San Petersburgo, que huyó a extranjero durante el Terror Rojo y terminó su tesis doctoral en la Universidad de Berlín. El ascenso del Nacionalsocialismo los hizo huir nuevamente hacia el Oeste. Creció, como lo confesó muchas veces, en un círculo de emigrantes rusos en Estados Unidos; entre ellos había personas notables, famosas y legendarias: hablamos de gente de la talla de Nabokov, Vernadsky, Karpovich, fundador de la escuela de estudio de la historia rusa en Harvard, Boris Ivánovich Nikoláievski, biógrafo de Jenny Marx y de Karl1 y archivista-corresponsal del legendario Instituto Marx y Engels de Riazanov,2 editor de un periódico menchevique, curador de los archivos de la Socialdemocracia Rusa y del Nachlass de Engels y Marx, alguien que conocía personalmente a Lenin, que era como una suerte de tío.3 También conoció al denostado Kerensky, a quien pudo incluso entrevistar. Desde ese momento de su pubertad y adolescencia quedó marcado obsesivamente por comprender el año decisivo de 1917. Como afirma en una entrevista “todas estas personas creían que la Revolución de Octubre era un mero golpe militar; pero en cuanto empecé a estudiar seriamente el año 1917, me quedó claro de inmediato que era un momento muy interesante e importante en la historia del siglo XX. Y entonces me quedó claro que las ideas de mi padre, las de Tsereteli, Kerensky y otras figuras emigradas que conocía en ese momento eran infundadas. Rápidamente llegué a la conclusión de que el mito de la revolución en el que crecí no se reflejaba en las fuentes que ya tenía disponibles en ese momento, y eso fue antes de que me fuera a la Unión Soviética”. No es casual su predestinación a entender y explicar la revolución rusa desde su mismo nacimiento.

Aunque no era ¿concientemente? marxista, su meticuloso trabajo archivístico (privilegiando siempre las fuentes primarias), su pathos desmitologizador y su riguroso método histórico bien materialista encarnaban muchos de los principios científicos fundamentales de aquello que denominamos orgullosamente como marxismo. Quizás pueda criticarse su exceso de empirismo, de positivismo piadoso por el archivo y una subestimación del componente ideológico de los actores en la historia.

Existía una enorme carencia con respecto a la revolución más importante y decisiva del siglo XX en los años posteriores a 1945. De hecho, aunque parezca increíble, por ejemplo en los años 1950, la única obra de un historiador o investigador occidental sobre la revolución bolchevique, basada en una indagación intensiva y seria en fuentes primarias, seguía siendo… ¡la de Chamberlain de 1935!4 Pero algo estaba cambiando. Junto con algunos trabajos de una nueva camada de “sovietólogos” e historiadores de una nueva generación, como Radkey, Haimson, Thompson, Rosenberg, Suny, Ferro, Katkov y Wade,5 Rabinowitch comienza a establecer, enfrentándose tanto al Octubre autoritario y mitológico stalinista como al reduccionismo putchista de la historiografía occidental, retoño de la “Kremlinology”, un nuevo marco para comprender el sentido último de la revolución bolchevique y su trágica involución. Sus cuatro obras principales —hablamos de “Preludio a la Revolución: Los bolcheviques de Petrogrado y el Levantamiento de julio de 1917”, “Los bolcheviques llegan al poder: La revolución de 1917 en Petrogrado”, “Los bolcheviques en el poder: El primer año del dominio soviético en Petrogrado”, y finalmente su cuarto y último libro, “Los bolcheviques sobreviven: Petrogrado 1919”,6 deben ser considerados como los libros más autorizados y precisos de la Revolución tal y como se desarrolló en Petrogrado. Todos sus trabajos se focalizan en un periodo muy corto y decisivo, entre 1917 y 1919. ¿Buscaba acaso el huevo de la serpiente, el acta de nacimiento del Stalinismo? Como puede verse, Rabinowitch, como el historiador Polibio, creía que “el inicio es mitad del todo” y que, como diría Hegel, el comienzo es fin.

Dentro de este entorno cultural y familiar, la creencia dominante era que octubre de 1917 había sido un mero y técnico Leninputsch, la tesis malapartiana de un golpe palaciego de Estado y que el proyecto soviético nacido de este suceso era una abominación contranatura ya desde su mismo origen. Al ingresar en su posgrado bajo la tutela de Haimson y Thompson, inicialmente esperaba escribir una tesis que reforzara esta narración tradicional tan arraigada. Habiendo en un principio propuesto escribir su tesis sobre el líder menchevique Tsereteli, un viaje a la URSS en 1963 llevó a Rabinowitch a centrar su atención en los días claves y decisivos de julio de 1917. Su tesis doctoral, Preludio a la Revolución, desafió tan duramente el axioma stalinista que fue condenada, por los historiadores oficiales en la URSS, como un libro de un “falsificador profesional burgués” por socavar el mito histórico de la unidad monolítica del Partido.

Para Rabinowitch “ni febrero ni octubre fueron conspiraciones. Febrero fue una verdadera revolución social y política. Creo que febrero y octubre son partes de la misma revolución, es mejor verlos como momentos de un solo proceso dentro del marco de la Gran Revolución Rusa, tal como hablamos de la Gran Revolución Francesa. La Gran Revolución Rusa incluye las etapas de febrero, julio, agosto y octubre y la etapa de la guerra civil”. La revolución de octubre en Petrogrado a menudo se ha visto como un quirúrgico coup d’État, un golpe de estado militar brillantemente orquestado sin apoyo popular, un golpe de mano llevado a cabo por un grupo muy unido de revolucionarios profesionales brillantemente dirigidos por el fanático Lenin de las Tesis de Abril y financiados generosamente por los alemanes. Esta interpretación, que fue debilitada por la nueva historia social “revisionista” occidental en los años 1960s y 1970s, paradójicamente se rejuveneció después de la disolución de la Unión Soviética al final de la era Gorbachov, a pesar de que los datos de los archivos soviéticos recién desclasificados reforzaban, una a una, las conclusiones de los revisionistas. En el otro extremo del espectro político, durante casi ochenta años los historiadores soviéticos, atados a estrictos cánones históricos diseñados para legitimar el estado stalinista y su liderazgo, representaron el Octubre rojo como un levantamiento ampliamente popular de las masas revolucionarias rusas conducidas desde abril de 1917 por un infalible jerárquico y monolítico partido-guía con disciplina de hierro. Según ellos, este levantamiento estaba arraigado en el desarrollo histórico de la Rusia Imperial y moldeado por leyes universales de la historia como fueron formuladas originalmente por Marx y adaptadas al siglo XX por el genio ruso de Lenin.

Rabinowitch evitó tanto a Escila como a Caribdis, eludiendo este falso dilema. La mayor parte de su investigación estuvo dedicada a estudiar la revolución de octubre de 1917 y sus resultados inmediatos, centralizando su atención en la ciudad más decisiva de la Rusia zarista, Petrogrado, ahora San Petersburgo, capital imperial y revolucionaria. En su primer libro, Preludio a la revolución… exploró las causas, el desarrollo y los resultados del fallido levantamiento de julio de 1917 como un medio para esclarecer las fuentes del descontento popular hacia el Gobierno Provisional liberal/moderado socialista, así como el programa, la estructura, el método de operación y las fortalezas y debilidades del partido bolchevique (en comparación con otros partidos políticos contemporáneos o fracciones de la izquierda). Descubrió que la idea del partido-guía monolítico era un marco interpretativo dogmático y esquemático, no contrastable con los documentos disponibles, y que el partido bolchevique en el verano de 1917 era una organización abierta y sorprendentemente democrática, con muchos nuevos militantes y afiliados sin tradición marxista y que pivoteaba en torno a tres centros o nudos con poder: el Comité Central, la Organización militar bolchevique y el Comité de Petersburgo. Y dentro de este cruce de triples poderes casi igualados, la lucha de tendencias entre Lenin y Kamenev, que no desapareció ni mucho menos después de abril. Rabinowitch afirma que “tras la revolución de febrero de 1917, los bolcheviques se reorganizaron en un partido de masas con vínculos estrechos e interactivos con trabajadores, soldados y marineros, cuyo liderazgo se dividió en las alas moderada, centrista y radical o leninista a lo largo del año. Cada una de estas alas, en mi opinión, contribuyó significativamente al triunfo del partido en octubre. Además, la Revolución de Octubre no fue ni un levantamiento popular ni un golpe de Estado, aunque incluyó elementos de ambos; más bien, fue el evento culminante de un proceso político y social inmensamente complejo, dinámico, arraigado en el desarrollo de Rusia antes de la Revolución de Febrero y agravado por la participación en una guerra perdida”.

Rabinowitch también nos recuerda que no hay que olvidar el aporte de líderes y figuras recién llegadas al Bolchevismo, que tendrán un rol destacado tanto en los lineamientos del partido entre febrero y octubre como en la política revolucionaria del momento, como Antónov-Ovséyenko, Chudnovsky, Lunacharsky, Riazanov o el mismo Trotsky. Para Rabinowitch el extraordinario éxito del partido bolchevique en apenas ocho meses, en los cuales conquistó su extraordinaria hegemonía tanto en los sectores proletarios de avanzada como en el cuerpo de soldados y marineros en Petersburgo, se debe no solo al éxito de su plataforma programática (con sus consignas centrales muy conocidas de “Paz, Tierra y Pan” y “Todo el poder a los soviets”) sino a la propia naturaleza en esa coyuntura de su organización y su método de operación, de alguna manera ampliamente democrático y flexible, tolerante con las divergencias internas y con una estructura disciplinada pero relativamente descentralizada, abierta y con canales de abajo hacia arriba y con un notable carácter de masa. Una visión que contrasta fuertemente con el mito stalinista de un partido bolchevique moldeado casi militarmente al estilo del ¿Qué hacer?, bajo la égida de un líder infalible e indiscutido. El retrato de un partido bolchevique en 1917 vivo, abierto a la oposición, lleno de debates, desacuerdos e improvisación, pero más ordenado, unido y eficaz que sus rivales, era (es) intolerable para el canon stalinista. Como él mismo señala: “Este partido estaba profundamente arraigado en las masas, en las fábricas, en los barrios residenciales y en las guarniciones, y mostraba una gran sensibilidad hacia las opiniones y tendencias políticas predominantes, así como hacia la cultura altamente desarrollada de discusión democrática dentro de su propia organización.” Pero también Rabinowitch descubrió, derribando el mito de la historiografía occidental, que la revolución de Octubre no fue un accidente histórico, ni un dérapé en el ciclo de reformas de las elites zaristas, sino una rebelión popular en un proceso gradual enraizado en la cultura política popular rusa, el descontento generalizado con los resultados de la revolución de febrero y, en ese contexto, la “atracción magnética” de las promesas de los bolcheviques de paz inmediata, pan, tierra para los campesinos y democracia de base ejercida a través de soviets multipartidarios.7 Sin embargo, para el propio Rabinowitch esta interpretación planteaba tantas preguntas como respondía. Porque si el éxito del partido bolchevique en 1917 se debía, al menos en gran parte, a su carácter abierto y flexible, relativamente democrático y descentralizado, así como a su estilo operativo de abajo hacia arriba, como parecía evidente, ¿cómo se explicaba que se transformara tan rápidamente en una de las organizaciones políticas más centralizadas y autoritarias de la historia política moderna? Además, si los soviets en 1917 eran instituciones verdaderamente democráticas, organizaciones embrionarias de autogobierno popular, como dijimos multipartidistas (obrero), ¿cómo es que la independencia de los soviets y otras organizaciones masivas se destruyó tan rápido? Quizá lo fundamental era lo siguiente: si el objetivo de las clases populares y el proletariado urbano de Petrogrado, que lideraron la subversión del Gobierno Provisional y facilitaron la toma de poder por los bolcheviques, era la creación de una sociedad plenamente igualitaria y un sistema político democrático-socialista y multipartidista, y si este objetivo era compartido por muchos bolcheviques prominentes, ¿cómo se explicaba entonces la extraordinaria rapidez con la que estos ideales fueron subvertidos con relativa facilidad y el autoritarismo burocrático desde el interior del Bolchevismo quedó firmemente consolidado y legitimado? Rabinowitch no tiene dudas: el Stalinismo surgió de condiciones históricas inesperadas y caóticas, pero de ninguna manera de alguna oscura intención de Lenin.

1 Sucesivamente: Jenny Marx: Ein Lebensabriss, J. H. W. Dietz, Berlin 1931; y: con Otto Mänchen-Helfen: Karl Marx. Eine Biographie, traducida por primera vez al francés por Gallimard en 1937; en español: La vida de Carlos Marx. El hombre y el luchador; editorial Ayuso, Madrid, 1973.

2 Desde diciembre de 1924 hasta 1931, Nikoláievski trabajó para el famoso Instituto Marx-Engels y asumió importantes labores de coordinación en el proceso de catalogación del patrimonio de Marx y Engels. Recibió acceso directo a todos los materiales del Nachlass de Engels y Marx que se encontraban en el archivo partidario del SPD y trabajó estrechamente con David Riazanov y tuvo contacto con personalidades como Eduard Bernstein y Pavel Borisovich Axelrod, de quienes también recibió materiales de archivo. Además se encargó de la recopilación de materiales para el IME sobre la historia de la Internacional, Marx, Engels, la Commune de París, etc. Véase: Rolf Hecker, Wladislaw Hedeler: “Zur Biografie des Archivars und Sammlers Boris I. Nikolaevskij”; en: Rolf Hecker (Hrsg.): Boris Ivanovič Nikolaevskij. Auf den Spuren des Marx-Engels-Nachlasses und der Archive der russischen Sozialdemokraten (1922–1940), Argument, Hamburg, 2021, p. 15 y ss. León Sedov, hijo de Trotsky, le confió en París archivos que actualmente se encuentran depositados en la Boris I. Nicolaevsky Collection del Hoover Institution Archives.

3 Rabinowitch fue el editor, junto a su mujer, de un libro homenaje: Revolution and Politics in Russia. Essays in memory of B. I. Nicolaevsky, edited Alexander and Janet Rabinowitch with Ladis K.D. Kristof

Indiana University Press, Bloomington-London, 1972.

4 William Henry Chamberlin; The Russian Revolution ( 1917-1921), in two volumes; The Mac Millan Company, New York, 1935. Chamberlin, que no tiene nada que ver con el filósofo mormón, era corresponsal en la URSS de la revista The Christian Science Monitor y para el Manchester Guardian, arribando a Moscú en 1922 y permaneciendo hasta 1934, pudiendo consultar y recopilar fuentes y testimonios de primera mano. Chamberlin llegó a la URSS siendo un comunista convencido, como puede verse en su primer libro Soviet Russia: A Living Record and a History de 1930, terminó desencantado con el ascenso de Stalin, y terminó sus días como acérrimo anticomunista y antifascista.

5 Oliver H. Radkey: The Election to the Russian Constituent Assembly of 1917. Harvard University Press, 1950; The Agrarian Foes of Bolshevism: Promise and Default of the Russian Socialist Revolutionaries, February to October 1917. 1958; The Sickle Under the Hammer: The Russian Socialist Revolutionaries in the Early Months of Soviet Rule. Columbia University Press, Columbia, 1964; Leopold H. Haimson: The Russian Marxists and the Origins of Bolshevism, Harvard University Press, Cambridge, 1955; Jack Thompson: Russia, Bolshevism, and the Versailles Peace, Princenton U. P, Princenton, 1966; William G. Rosenberg: Liberals in the Russian revolution: The constitutional Democratic Party 1917-1921, Princenton Press, Princenton, 1974; Ronald G. Suny: The Baku Commune: 1917-1918, Princenton, 1972; Marc Ferro: La Révolution de 1917, 2 vol. (vol. 1 : La chute du tsarisme et les origines d’Octobre; vol. 2 : Octobre : naissance d’une société), Aubier, Paris, 1967; George Katkov: Russia 1917: The February Revolution, Harper&Row, New York, 1967; Rex A. Wade: The Russian Search for Peace: February-October 1917, Stanford U. P., Stanford, 1969.

6 Sucesivamente: Prelude to Revolution: The Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising, Indiana U. P., Bloomington, 1968; The Bolsheviks Come to Power: The Revolution of 1917 in Petrograd, W. W. Norton&Company, New York, 1976; The Bolsheviks in Power: The First Year of Soviet Rule in Petrograd, Indiana U. P., Bloomington, 2007; y: The Bolsheviks Survive. Petrograd 1919, Pittsburgh U. P., Pittsburgh, 2026. De hecho, su prestigio entre los eruditos rusos es tan alto que Los bolcheviques llegan al poder fue el segundo estudio occidental sobre la Revolución de Octubre publicado en ruso, con duras críticas y reseñas desde la historiografía stalinista. Su tirada inicial, con la asombrosa cifra de 100.000 ejemplares, se agotó rápidamente. En 1991, recibió permiso para trabajar en archivos gubernamentales y del Partido Comunista en Moscú y luego en Leningrado; en 1993, incluso accedió a los antiguos archivos del KGB. Rabinowitch además también contribuyó con introducciones y coeditó varios volúmenes de documentación del Comité Bolchevique de Petersburgo en 1917, 1918 y 1919, publicados en ruso en San Petersburgo en 2003, 2013 y 2022, respectivamente. En 1999, gracias a la apertura de los archivos rusos, Rabinowich logró reconstruir la ejecución sumaria del trágico héroe rojo, el almirante Shchastny en 1918, en la que estuvo implicado Trotsky, lo que re-estableció en la URSS la pena de muerte; véase: “The Shchastny File: Trotsky and the Case of the Hero of the Baltic Fleet”; en: The Russian Review, 58, 1999, pp. 615-634.

7 Entre los temas que todavía requieren aclaración para Rabinowitch, ¿qué tan importante fue el papel de los anarcocomunistas en la preparación de la fallida manifestación del 10 de junio y del levantamiento de julio, y qué tan extensa e importante fue la colaboración entre anarcocomunistas y bolcheviques a nivel local en este periodo? Lo mismo para la colaboración esencial con los socialrevolucionarios de izquierda.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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