“Palestina. Una perspectiva histórica” por Adrià Casinos

El movimiento sionista tuvo desde su comienzo la intención de fundar un estado judío en Palestina. Desde el primer congreso de dicho movimiento, celebrado en Basilea en 1897, esa fue la declarada meta patrocinada por su fundador Theodor Herzl (1860-1904).

La diáspora a la que se vieron forzados muchos judíos en el siglo II de nuestra era, no fue por supuesto total y durante siglos hubo una corriente de retorno, de la que formaron parte incluso sefardíes expulsados de España. A la base judía de la población palestina se debió superponer una importante aportación demográfica árabe, en un primer momento cristianizada y luego islamizada. A finales del siglo XIX en Palestina había alrededor de 50.000 judíos, sobre un total de más de medio millón de habitantes. Esos no judíos no eran solamente musulmanes, tal como muchas veces se ha argumentado, sino que existía una importante población cristiana, que suponía el 25% del total a comienzos del siglo XX. Sin duda su componente demográfico ha sido el más perjudicado por el conflicto, que lo ha forzado durante décadas a la emigración, de forma que actualmente no llega al 5%. En cualquier caso es totalmente falso el eslogan sionista radical (una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra) en el que se basaba el derecho al llamado retorno. Curiosamente en términos parecidos se expresaban los colonos estadounidenses que se establecieron en el territorio arrebatado a México por el tratado de Guadalupe Hidalgo (1848).

El sionismo es incomprensible sin dos fenómenos importantes que se dieron en Europa durante el siglo XIX, las persecuciones (progroms) a que se vieron sometidos los judíos por el zarismo, con la colaboración de una parte importante del catolicismo polaco, y la ola de nacionalismo que sacudió el continente durante las décadas de 1800. La visión romántica y etnicista que partía de Herder (naciones basadas en una lengua determinada), se impuso por doquier y, a la postre, provocaría las dos grandes catástrofes del siglo XX.

Hasta 1918 Palestina fue parte del Imperio otomano, que no puso demasiados impedimentos a la inmigración judía. Más bien miraba hacia otro lado. Las tensiones comenzaron por la afluencia de capital de los simpatizantes del sionismo, que se invertía en propiedades, especialmente agrarias, lo que disparó su precio, permitiendo el enriquecimiento de los terratenientes autóctonos y bloqueando el acceso del resto de la población a la compra de tierras, ya que eran incapaces de competir con el capital foráneo.

Durante la Primera Guerra Mundial Gran Bretaña, y en menor medida Francia, hicieron promesas tanto a árabes (recuérdese Lawrence) como a judíos para atraerlos a su causa, promesas difícilmente compatibles. En realidad ambas potencias ya se habían repartido el Medio Oriente, seguros de la derrota otomana (acuerdo Sykes-Picot, 1916).

Sin duda la actitud más equívoca fue la británica, especialmente a través de la figura de Herbert Louis Samuel (1870-1963), el primer judío practicante que se integró en un gobierno del Reino Unido. Ya en 1915 planteó la posibilidad de establecer un protectorado de su país sobre Palestina, inspirando la llamada declaración Balfour (1917) que comprometía a Londres a crear un hogar nacional judío en aquel territorio. Una vez la Sociedad de Naciones concedió a Gran Bretaña el mandato fideicomisario sobre Palestina, Samuel fue nombrado alto comisionado (en la práctica, gobernador) desde 1920 a 1925; unos años cruciales debido al vacío que había dejado la desaparición de la administración otomana. Hacia 1925 ya había unos 100.000 retornados, por utilizar la terminología del sionismo.

Curiosamente la declaración Balfour fue utilizada luego por los nazis, como presunta prueba de que Alemania había sido vencida por la puñalada en la espalda que le había dado el judaísmo internacional (sic).

Durante las décadas de 1920 y, sobre todo, 1930, la inmigración se aceleró, en correspondencia con los primeros signos de antisemitismo radical llevados a cabo por el nacional-socialismo. Se produjeron los primeros enfrentamientos y actos de terrorismo por ambas partes, en los que en un primer momento se llevaron la peor parte los judíos. Eso provocó claros coqueteos de determinados círculos palestinos, principalmente musulmanes, con la extrema derecha europea. El más conspicuo representante de esa tendencia fue Amin al-Husayni (1895-1974), a quien Samuel nombró en 1921 gran muftí de Jerusalén; una prueba más de la sibilina política británica en el territorio. Al-Husayni estaba ya exiliado en Alemania en 1939. Durante la guerra fue principalmente activo en Yugoslavia, participando en el reclutamiento de musulmanes bosnios y albaneses, que llevaron a cabo acciones de tipo genocida, especialmente contra la población serbia. Al acabar la guerra consiguió huir a Egipto, entonces protectorado británico. A pesar de esa situación, se denegó su extradición, demandada por el gobierno yugoslavo bajo la acusación de crímenes de guerra.

La convulsa situación creada tras la derrota del nazi-fascismo, con grandes masas de población desplazadas a causa de la rectificación de fronteras, de la que formaban parte los judíos que habían sobrevivido a los horrores del Holocausto, benefició sin duda la causa sionista. Seis millones de asesinados eran demasiados para la conciencia occidental, sobre todo porque era claro que no se había hecho lo necesario para al menos mitigar la barbarie nazi. Por ejemplo, no se practicó una política generosa de visados, sino todo lo contrario, a pesar de que, antes de la solución final, el régimen hitleriano estaba dispuesto a permitir una salida masiva de judíos de Alemania. Y cuando dicha solución final estuvo en marcha, y los gobiernos aliados tuvieron pleno conocimiento de ello, no se procedió a destruir masivamente las comunicaciones ferroviarias, medio por el que fueron transportadas las infelices víctimas a los campos de exterminio hasta muy poco antes de la derrota final del nazi-fascismo.

Sin duda el genocidio fue un aldabonazo, de forma que cuando se procedió por las Naciones Unidas a la partición, a fin de crear dos estados, la aprobación superó la política de bloques que suponía la recién comenzada guerra fría. Efectivamente, el 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General aprobó la partición propuesta. Hubo 13 votos en contra (países árabes; musulmanes no árabes; Cuba, Grecia e India). Occidente le hizo pagar la factura de su culpabilidad a la población palestina. Y la Unión Soviética propició la partición, a pesar de la ola de antisemitismo que estaba desencadenando el postrer estalinismo. Yugoslavia fue el único país del bloque socialista que no votó a favor, absteniéndose; previamente había defendido la posición de un único estado.

Desde el punto de vista geográfico, la partición era un despropósito. Sin continuidad territorial, los dos estados se convertían en manchas sobre el mapa. Además, había la desproporción: 54% del territorio para el estado judío, con un 33% de la población. La aceptación por el sionismo de la solución fue en muchos casos coyuntural; en los círculos más radicales, se rechazó. El rechazo árabe llevó al inicio de hostilidades el 15 de mayo de 1947; el 14 se había proclamado el Estado de Israel, por ser el 15 sabbat. Durante los seis primeros meses de 1949, Israel firmó armisticios con los diferentes estados árabes. Al final de la guerra la superficie del estado hebreo quedó aumentada en más de un 20%, respecto a la partición propuesta, debido a la huida masiva de palestinos aterrorizados, en lo que se ha llamado en árabe la Nakba, la catástrofe. Egipto ocupó la franja de Gaza y Jordania la Cisjordania, de forma que fue imposible la concreción del estado palestino.

Las operaciones terroristas de los grupos paramilitares sionistas habían ya empezado en 1946, no solo contra los árabes, sino contra la administración británica, con un disfraz de lucha anticolonialista. En realidad era la reacción a las leyes antimigratorias que había aprobado Londres. Así el 22 de julio de dicho año volaron el Hotel Rey David de Jerusalén, que alojaba la comandancia militar mandataria, con el resultado de 92 muertos. El 17 de septiembre de 1948 asesinaron en Jerusalén al conde Folke Bernadotte, miembro de la familia real sueca, designado mediador por la ONU. Bernadotte había denunciado que ya en aquel momento la limpieza étnica, que llevaban a término las fuerzas armadas israelíes, había supuesto el desplazamiento de 750.000 palestinos.

A lo largo de la historia de la Humanidad los desplazamientos y sustituciones de población, mediante procesos que ahora se calificarían de genocidio, han sido constantes. En muchas ocasiones ha quedado el recuerdo mitificado como pérdida de la Arcadia feliz, afianzando la fantasía del retorno. Durante años, no sé ahora, han existido en Alemania asociaciones que agrupaban a los expulsados, o sus descendientes, de territorios más allá de la línea Oder-Neisse o de los Sudetes. Pero Koenisberg, la ciudad de Kant, nunca más será alemana. La partición de la India generó desplazamientos poblacionales gigantescos; los desplazados lo son para siempre. Los casos de retorno son, históricamente, escasos. Uno de ellos es el que originó Liberia. Los descendientes de esclavos allí establecidos constituyeron una oligarquía que se impuso sobre los nativos. En cierta manera esa situación es paralela a la existente en Israel, quizá el retorno más masivo y espectacular, por su origen y consecuencias.

Ahora bien, la concreción de la frase “El año próximo en Jerusalén” tiene extremos muy particulares En línea con lo dicho, muy pocos judíos se establecieron en Palestina antes de finales del siglo XIX, a pesar de que miles de sefardíes se refugiaron en diferentes partes del Imperio otomano a raíz de la expulsión de 1492. El efecto llamada fue consecuencia del movimiento sionista. De hecho para cuando se crea el movimiento sionista, en la Europa occidental se había desarrollado una burguesía de origen judío que dio a la región uno de los momentos más brillantes de su historia, con intelectuales y científicos como Einstein, Freud, Mahler, Marx, Proust, Zweig,..Y a una pléyade dedicada a las profesiones liberales. En la Viena anterior a 1914, se calcula que el 50% de los médicos y el 75% de los abogados eran de origen hebreo. Y esto fue en gran parte posible porque una élite hebrea construyó su propio reflejo de la Ilustración, la Haskalá, que no pretendió otra cosa que la renovación del judaísmo al margen de la tradición talmúdica, buscando la secularización y la integración. El sionismo se alzó contra ese intento, agitando sobre todo los rastros de antisemitismo que persistían, como el asunto Dreyfus.

No creo que nadie podría prever la hecatombe nazi, que destruyó toda esa cultura. Muchas veces los árboles no dejan ver el bosque. En este caso la barbarie del genocidio a veces impide calibrar la castración cultural que la acompañó al desaparecer todo lo evocado. La llamada del sionismo a emigrar a Palestina, que había tenido eco sobre todo entre los judíos de la Europa oriental, como antes habían emigrado a Estados Unidos o Argentina, fue la tabla de salvación de los náufragos sobrevivientes del Holocausto. Cabe pensar que sin este el mito sionista no se habría realizado, o se habría hecho de forma muy diferente.

Desgraciadamente debe decirse que el genocidio de los judíos europeos o la limpieza étnica sufrida por los palestinos, no ha sido excepcionales en el siglo XX. Pensemos en lo ocurrido con los armenios o los griegos de Asia menor, como otros ejemplos de ambas situaciones. Ahora bien, la construcción del mito del retorno judío tuvo desde el primer momento características propias, que deben destacarse.

El sionismo no fue, desde el primer momento, una simple llamada al retorno, sino, como se ha dicho, un proyecto de fundar un estado judío, con independencia de que se debiera hacer sobre un territorio con una población que ya era autóctona. Por muy laico que sea un sector del movimiento sionista, siempre subyace el mito del pueblo elegido, al que pertenece Palestina por decisión divina. Pero además las concesiones que se hicieron para a los ortodoxos son apabullantes, desde el hecho de carecer de constitución, ya que para aquellos el estado tan solo puede existir después de la llegada del Mesías, hasta el poder del rabinato, vigilando la dieta kosher o negándoseles el matrimonio civil a los judíos.

El retorno, como el que tuvo lugar después del cautiverio de Babilonia, siempre implica la posesión en exclusiva de la tierra prometida. Si puede aducirse que en 1948 la existencia de dos estados se frustró por la guerra iniciada por los países árabes, la conversión de los acuerdos de Oslo en papel mojado se ha hecho con toda la intención del mundo. Con Gaza transformada en un masivo campo de concentración y Cisjordania salpicada de colonos, la solución de dos estados se hace imposible. La Cisjordania palestina va quedando progresivamente reducida a una serie de bantustanes como los que intentó imponer el apartheid en Sudáfrica. Las dos situaciones guardan además muchas semejanzas, ya que también allí el fundamentalismo protestante de los boers se adjudicaba el territorio por mandato divino. Al fin y al cabo Israel fue uno de los pocos estados que mantuvieron relaciones con el régimen racista sudafricano, incluyendo la cooperación militar. Hubo no obstante en Sudáfrica la suficiente inteligencia para ver la inviabilidad del proyecto y la necesidad de impulsar un estado multirracial, en parte porque había una población blanca de origen anglosajón, que no comulgaba mayoritariamente con el mito racial. En Israel, con la solución de los dos estados boicoteada y la intransigencia inmensamente mayoritaria a la creación de un estado laico para todos los habitantes, solución ya de por sí muy difícil, por el odio acumulado, da vértigo el abismo que se abre.

Por el lado del antisemitismo histórico también ha habido un mito religioso, el del pueblo deicida, que ha subyacido hasta momentos muy recientes. Curiosamente cierta derecha europea, especialmente la extrema, que saludó con entusiasmo los triunfos de Hitler, es ahora pro israelí. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo gracias a la eficacia germánica del nazismo, se consiguió lo que el integrismo cristiano y sus herederos habían pretendido durante siglos: una Europa limpia de judíos.

Del lado árabe el auge del fanatismo religioso, es evidente. No obstante hay sobradas razones para pensar que tanto los servicios secretos israelíes como los estadounidenses, lo fomentaron en un primer momento. El laicismo de la OLP era un desafío demasiado peligroso confrontado con el peso de la religión en la estructura del estado sionista. Por supuesto se trata de una estrategia de mucho más alcance, de la que han surgido los talibanes afganos o quizá incluso la llamada primavera árabe que, casualmente, sólo sacudió a los estados más liberales en materia religiosa.

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Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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