RESEÑA DE: CARLOS MALAMUD, GOLPE MILITAR Y DICTADURA EN ARGENTINA (1976-1983). LOS LIBROS DE LA CATARATA, MADRID, 2026, 262 PÁGS. POR RAMÓN CAMPDERRICH BRAVO

What does it mean […] to be a human being,
in a world in which the most powerful peopleregard their own species with contempt?
When the future they imagine for themselves
clearly doesn’t include the vast majority of us?
Naomi Klein y Astra Taylor, End Times Fascism, 2026

El 24 de marzo de este año se cumplió el cincuenta aniversario del golpe de Estado que impuso la más sangrienta y cruel dictadura militar jamás conocida en Argentina, como admite el autor del libro reseñado en su epílogo. No es mucho lo que se ha publicado en España sobre este tema. Por ello, es todo un acierto por parte de la editorial Los Libros de la Catarata haber llevado a la imprenta la monografía más completa y detallada, además de la más concisa, editada en España sobre las cuatro juntas militares argentinas que gobernaron el país de 1976 a 1983. Su autor es el historiador y académico de origen argentino y afincado en nuestro país Carlos Malamud.

Es posible que aquellos lectores de esta revista cuya curiosidad les haya llevado, o les lleve, a leer Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) estén en desacuerdo con algunas de las tesis del autor y también es posible que detecten en su ensayo cierta indulgencia hacia los criminales militares junteros y, sobre todo, hacia la política neoliberal del «superministro económico» de la dictadura, el funesto Martínez de Hoz, pero no cabe dudar de su calidad y, ante todo, de su utilidad para proporcionar una primera y nada superficial aproximación a estos años oscuros de la historia de Argentina. Tal vez la obsesión mostrada por el autor en la introducción y en el epílogo del libro en relación con las ideas de neutralidad y objetividad que, según Malamud, deben guiar al historiador en su incansable búsqueda de la verdad —búsqueda, que no consecución— le conduce a expresarse en un lenguaje que, a veces, suena a homologación entre los dirigentes militares de la dictadura y sus oponentes violentos, o partidarios de la violencia (Montoneros, ERP), si bien en numerosos pasajes se muestran las diferencias evidentes entre la violencia de los unos y de los otros desde una perspectiva primordialmente analítica.

Precisamente subyace a esta impresión uno de los mayores problemas de la obra de Malamud, al menos a mi juicio, el endeble juicio de un lector advenedizo en la materia: es indudable que una de las razones de la situación extremadamente crítica, caótica, en opinión del autor, frente a la cual reaccionaron con su característica brutalidad los militares (antes y después del 24 de marzo de 1976) fue el asfixiante clima de violencia protagonizado tanto por movimientos guerrilleros revolucionarios (maoístas, leninistas, trotskistas, castristas…) como por fuerzas clandestinas paramilitares progubernamentales (la Triple A, por ejemplo, que ya existía entes del golpe de marzo). Se podría estar de acuerdo en esto. Mas es necesario, más aún, es una obligación del historiador pretendidamente honesto o perseguidor de la verdad explicar el porqué de ese clima de violencia tan intensa y arbitraria. Es decir, entre otras cosas, por qué surgieron en la década de los setenta en la sociedad argentina esos grupos izquierdistas tan dogmáticos y violentos y por qué, simultáneamente, recurrieron gobiernos considerados democráticos (los gobiernos de 1973-1976: Perón y, una vez muerto éste, su esposa María Estela, más conocida como Isabelita) a fanáticos paramilitares ultraderechistas. Y esto, las causas de la violencia, es, justamente, lo que el autor apenas aclara. Más allá de las inevitables menciones al contexto de la Guerra Fría y la influencia de la revolución cubana y su carismático símbolo viviente, el argentino Che Guevara, apenas hay alusiones a los factores sociales de fondo asociados a la emergencia de la radicalización armada de muchos de los grupos de izquierda latinoamericanos de la época (estoy haciendo una apreciación causal, no legitimadora o justificadora): privación de bienes y servicios básicos; desigualdades profundas; maltrato y desprecio continuados hacia los trabajadores rurales y urbanos a manos de una exigua elite socioeconómica, conectada, directa o indirectamente, con empresas transnacionales extranjeras; el sentimiento mismo de indignación ante la injusticia; el fracaso de experiencias concretas de conquista del poder por vías democrático-representativas —léase golpe de Estado de 1973 contra Allende—… Las doctrinas revolucionarias extremas, dogmáticas y proclives a la lucha armada sólo arraigan en las mentes de las personas cuando, prácticamente, no existen otras alternativas que someterse y sufrir, o ver cómo otros se someten y sufren —una parte sustancial de Montoneros y el ERP eran estudiantes universitarios— toda clase de atropellos, con instituciones formalmente representativas o sin ellas [1]. Si no se toman en consideración estos factores sociales decisivos a la hora entender el grado de conflictividad presente en una sociedad y sus formas de manifestarse, la explicación queda incompleta y la supuesta objetividad o neutralidad del relato histórico, por utilizar una expresión de moda, puesta en entredicho.

No voy a hacer aquí un resumen de los contenidos de Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983). El texto de Carlos Malamud es clara y perfectamente inteligible y sus tesis centrales fáciles de detectar por su reiteración, pero sí llamaré la atención sobre algunos puntos que creo son de especial relevancia. Estos puntos no siempre están explicitados por el autor en el modo en que voy a enunciarlos, pero se infieren sin lugar a duda de la monografía de Malamud.

1. Acabar con la violencia guerrillera organizada fue más un pretexto que un objetivo prioritario real de las juntas militares, independientemente de cómo percibieran los jefes de las fuerzas armadas el estado de cosas existente a nivel psicológico individual. Como ya se ha dicho, bajo los gobiernos de Perón y María Estela Martínez de Perón, la policía, el ejército y la «guerra sucia» de las organizaciones paramilitares clandestinas habían obtenido victorias significativas sobre las guerrillas y reducido en gran medida su capacidad de acción. Se podría afirmar que la junta militar dirigida por Videla dio el golpe de gracia a las muy debilitadas organizaciones revolucionarias izquierdistas que hacían la guerra al gobierno. Dicho de otro modo, ultimó el trabajo represivo antiguerrillero heredado de 1973-1976, en los años más duros y atroces del nuevo régimen (1976-1978).

2. La constatación anterior permite formular una inquietante pregunta: si derrotar y borrar del mapa las organizaciones guerrilleras no era el verdadero objetivo central del golpe y de la tremenda y masiva represión que a continuación se desplegó, ¿cuál era éste? Y la respuesta es aún más inquietante que la pregunta: el objetivo central de las juntas militares fue «disciplinar» a la sociedad argentina en su conjunto mediante el ejercicio de la fuerza bruta en todas sus modalidades, incluido el terrorismo de Estado. De ahí que los militares llamaran a su vago proyecto político «Proceso de Reorganización Nacional» (PRN), o, para simplificar, «El Proceso» (¿leyeron acaso Videla, Viola, Massera, Galtieri, Graffigna, Lambruschini, Agosti, Lami Dozo la obra maestra de Kafka?; muy improbable). La inmensa mayoría de argentinos constituían enemigos potenciales de la nación, y, en consecuencia, había que aterrorizarlos haciendo uso de las medidas coercitivas más extremas. El secuestro, tortura y desaparición de personas supuestamente subversivas por ser calificadas así por los propios militares adquieren todo su sentido a la vista del objetivo central antes indicado, todo lo cual se hace patente en las siguientes palabras del general Jorge Videla, entre los muchos ejemplos que se podrían citar: «El populismo —entiéndase en este contexto: todo movimiento o corriente de ideas encuadrable en la izquierda y hasta en el liberalismo moderado[2]— es radicalmente subversivo: quebranta el orden natural y cristiano de la Sociedad y del Estado; invierte la escala de todas las jerarquías sociales, encumbrando los escalones más bajos» (Malamud, 2026, pág. 26). Estas palabras del mayor exponente de la dictadura no dejan lugar a dudas: la misión del ejército fue restablecer, reinstaurar un sistema social en que la jerarquía social tradicional resultase incuestionada (e incuestionable), el cristianismo (catolicismo), purgado de teologías de la liberación, constituyera el cimiento ideológico y moral de la sociedad y «los de abajo», los campesinos y obreros y sus familias, estuvieran sometidos y aceptaran sin rechistar el puesto que les correspondía en el «orden natural» de las cosas. Y si para eso había que secuestrar, torturar hasta la muerte, hacer desaparecer a personas y mantener en secreto su desaparición, legalizar un régimen de detención administrativa por tiempo indefinido (no confundir con las desapariciones), crear campos de detención o concentración clandestinos o entregar bebés de desaparecidas a familias comprometidas con la dictadura, se hacía sin titubear un ápice [3]. El número de muertos y desaparecidos del período 1973-1983 debidos a la represión ilegal policial, militar y paramilitar, con el clímax en los años 1976-1978, es desconocido y varía según las fuentes, por lo que en una recensión como esta sólo se puede informar del abanico de cifras que se suele manejar, de 10.000 a 30.000 personas, aproximadamente.

3. El objetivo central de las juntas militares argentinas, una especie de «depuración» sociopolítica y cultural como condición previa de una transición a una pseudodemocracia tutelada por los militares, es inseparable de las políticas económicas promovidas en aquella época, no sin incongruencias, contradicciones y modulaciones o adaptaciones heterodoxas a la realidad argentina. Bajo supervisión militar, una serie de gestores civiles, el más destacado de los cuales fue el ministro Martínez de Hoz, planificaron y ejecutaron una política neoliberal (también denominada, como es bien sabido, «ajuste estructural»), que se intentó justificar como solución a la crisis económica de los años setenta y primeros ochenta. No es necesario precisar en este momento la panoplia de las medidas típicas de esta clase de políticas económicas: reducción del gasto público, especialmente del gasto público social, supresión de barreras al libre comercio interno y a la entrada de exportaciones, eliminación de la ISI (política de industrialización por sustitución de importaciones), apoyo al sector exportador de materias primas y bienes agropecuarios (hipotética «ventaja comparativa»)[4], liberalización financiera, privatización y/o cierre de empresas públicas, fin de las subvenciones públicas a la pequeña y mediana industria, rebajas fiscales a los más ricos, reducción de los salarios reales, a los cuales se culpaba de la inflación, medidas antisindicales y contrarias a la negociación colectiva, etcétera. Cabe suponer que tales políticas no eran precisamente del agrado de amplias capas de la población, dejadas de la mano de Dios y a merced de unos mercados mucho menos intervenidos estatalmente en aras del bien público que antes. La manera de combatir el descontento y las potenciales revueltas ante las consecuencias sociales de las mencionadas políticas económicas fue el terrorismo de Estado. Eso sí, los militares introdujeron modificaciones en los planes económicos de los gestores civiles neoliberales cuando sus intereses se veían afectados negativamente.

4. Las medidas neoliberales no mitigaron la prolongada crisis económica que padecía Argentina, salvo en algunos períodos de tiempo muy cortos; por el contrario, tendieron a agudizarla, con lo que pronto devino un tanto absurdo recurrir al terrorismo de Estado para enraizarlas en la sociedad. Además, la dictadura militar y sus políticas represivas eran objeto de crecientes presiones contrarias a su continuidad a nivel interno e internacional. Los militares intentaron aferrarse al poder, ya fuera dictatorial o ya fuera instaurando una pseudodemocracia tutelada, amparándose en el nacionalismo. Nada como una guerra para suscitar el nacionalismo entre las masas y hacer olvidar las penurias cotidianas. El 2 de abril de 1982, la junta militar ordenó la ocupación de las islas Malvinas, de soberanía británica y largamente disputadas al Reino Unido por el Estado argentino. Los altos mandos creyeron que el Reino Unido no se molestaría en recuperar manu militari unas islas tan insignificantes y lejanas y preferiría negociar sin prisas. Por otra parte, sobrevaloraron su alianza político-militar de facto con Estados Unidos, los cuales se desvivirían por impedir que dos aliados suyos guerrearan entre sí, así como las capacidades bélicas de sus fuerzas armadas. En cambio, subestimaron el hecho de que al gobierno de Margaret Thatcher también le venía bien explotar políticamente el nacionalismo teñido, en su caso, de nostalgia imperialista, la calidad de miembro de la OTAN de Gran Bretaña y los vínculos lingüístico-culturales entre los anglosajones de ambos lados del Atlántico. Mientras la Royal Navy se preparaba para expulsar de nuevo a las tropas argentinas ocupantes y los norteamericanos intentaban inútilmente mediar en el conflicto, pasaron tres meses, durante los cuales la tercera junta militar de Galtieri insufló un estridente nacionalismo en la población a través de su control de los medios de comunicación y la manipulación del consenso social preexistente acerca del derecho de Argentina a la soberanía sobre las islas Malvinas. Fue este un intento desesperado y condenado al fracaso de obtener respaldo popular y así revitalizar la dictadura. La armada inglesa y sus fuerzas aéreas aplastaron la tenaz resistencia de unas tropas mal entrenadas en su mayor parte y en desventaja tecnológica. El entusiasmo nacionalista se convirtió en decepción ante tal desastre sin paliativos y la sociedad argentina se sintió engañada por los militares. En consecuencia, la tercera junta militar se vino abajo y se estableció una cuarta y última junta militar cuya única tarea consistió en desmantelar el sistema de gobierno autoritario y trasladar el poder a los políticos civiles para que instaurasen una democracia representativa sin injerencias castrenses.

5. Finalmente, se debe recalcar, siguiendo a Malamud, la activa participación de las juntas militares argentinas de 1976-1983 en la ominosa Operación Cóndor. «Operación Cóndor» fue la denominación que se dio a la red represiva transnacional ideada por los servicios secretos del Chile de Pinochet a efectos de impulsar la colaboración y coordinación entre las dictaduras de un buen número de países latinoamericanos (Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay, Uruguay y Perú) en su lucha contra la «subversión» y el «comunismo», como designaba con fruición su execrable actividad político-represiva. Las policías secretas y los altos mandos utilizaban esta red para intercambiar información sobre posibles objetivos y facilitaban la realización de operaciones encubiertas extraterritoriales, por supuesto ilícitas, de secuestro, tortura, traslado y eliminación de esos objetivos. Los comandos argentinos camparon a sus anchas en Suramérica gracias a la red Operación Cóndor[5].

* * *

La cita inicial de este escrito, un tanto tremebunda, no es arbitraria. Se trata de un fragmento del último libro de Naomi Klein (elaborado en colaboración con Astra Taylor), End Times Fascism and the Fight for the Living World (2026). En su ensayo, las autoras describen las ideas y acciones de los ideólogos, burócratas y magnates que integran el entorno del presidente Trump y sirven de inspiración a buena parte de la ultraderecha americana y europea. Su rasgo más sobresaliente es, junto a su megalomanía y su nihilismo, la carencia total de empatía, de compasión, hacia sus congéneres humanos, incluso hacia sus conciudadanos, a juicio de Klein y Taylor. Esta valoración ético-política de los gobernantes norteamericanos y sus aliados sociales en los Estados Unidos es, a grandes rasgos, extensible a los responsables de los crímenes cometidos en nombre de la dictadura militar argentina, para la cual sus víctimas no sólo no eran «argentinos auténticos», sino tan siquiera seres humanos.

Notas

  1. Capítulo aparte es el análisis y la reflexión sobre la desobediencia civil como praxis política transformadora. De todos modos, el ejemplo por excelencia, las campañas de Gandhi para acabar con el dominio británico en la India, no llegaron a conseguir excluir el recurso a las armas en el proceso de descolonización de la India y Pakistán. Sobre la desobediencia civil desde una perspectiva conceptual y jurídico-constitucional, me remito al ya clásico estudio de José Antonio Estévez La Constitución como proceso y la desobediencia civil, Trotta, Madrid, 1994. ↑

  2. Este «populismo» se solía identificar con el proteico peronismo, que había reunido en su seno, por increíble que pueda sonar esto, corrientes de todo el espectro político de la época, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, al menos hasta la ruptura de 1973.↑

  3. No contentos con todo esto, los oficiales y agentes ejecutores de la represión solían apoderarse de los bienes de los desaparecidos o de sus familiares. El visionado del documental El juicio, del realizador Ulises de la Orden, que consiste en una amplia selección de las grabaciones del juicio contra los líderes de las cuatro juntas militares impulsado por Raúl Alfonsín en 1985, confirma todo lo expuesto en este punto 2. ↑

  4. Lo cual tenía un sentido profundamente clasista, pues este apoyo beneficiaba a los grandes terratenientes, un grupo social todavía determinante en la región en los años setenta y primeros ochenta. ↑

  5. El autor apunta los siniestros vínculos establecidos entre la Operación Condor y otras organizaciones secretas gubernamentales o mafiosas (CIA, Logia P2, grupos de narcotraficantes…), pero no se explaya en esta cuestión tan interesante. ↑

https://mientrastanto.org/261/la-biblioteca-de-babel/golpe-militar-y-dictadura-en-argentina/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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