Resumen (comentado) de El capital en la era del Antropoceno de Kohei Saito (XIII)

Seguimos en el segundo capítulo, “El límite del keynesianismo medioambiental”, en el apartado El imperialismo ecológico del Antropoceno”.
Una sugerencia previa que será de su interés: Kohei Saito y el pensamiento de Karl Marx” por Romaric Godin. “La obra de Kohei Saito es muy rica. Sus discusiones sobre Engels, Rosa Luxemburg o György Lukács son muy estimulantes, al igual que su lectura del último Marx. Mientras que el pensamiento crítico de los años 60 y 70 insistía en el todavía muy hegeliano «joven Marx», el pensamiento crítico de los años 2010 y 2020 está redescubriendo al Marx de la madurez, y esto produce algunas relecturas muy interesantes”. https://vientosur.info/kohei-saito-y-el-pensamiento-de-karl-marx/.

Otra mas: “Renovables, aquí y ahora: tenemos que hablar”, un artículo de Turiel, Bordera y otros activistas publicado en CTXT, elogiado como un punto de partida para el debate por Emilio Santiago (https://twitter.com/E_), por Tejero (https://twitter.com/htejero_/), etc. https://ctxt.es/es/20230301/: “La transición energética es una necesidad urgente. Debemos acordar lugares de encuentro para poder discutir nuestras diferencias y trabajar juntos para construir un futuro sostenible.”

Cojo el hilo de Saito

Para el filósofo nipón, los proyectos para implantar una economía verde en los países desarrollados no son más que formas de desplazar los costes sociales y naturales a la periferia. “La estructura del imperialismo ecológico, similar a la recolección del guano en las costas de Perú en el siglo XIX [habló de ello] simplemente ha cambiado su objeto de deseo por los metales raros y se está repitiendo en Sudamérica y África.”

Y no son solo el litio y el cobalto. “La demanda de hierro, cobre o aluminio sigue aumentando a la par que el PIB y el consumo de estos recursos se está disparando”. En relación con este punto, “el trabajo de investigación del ambientalista Thomas Wiedmann y su equipo calcula la huella material (MF, por sus siglas en inglés), corrigiendo el impacto del comercio internacional en los cálculos. La MF es un indicador del consumo de recursos naturales.”

Según esta investigación, “tras aplicar las correcciones oportunas, ni siquiera en los países desarrollados se estaría produciendo el desacoplamiento entre el crecimiento económico y la MF”. Aunque “el consumo interno de materiales (DMC, por sus siglas en inglés) se está reduciendo, cuando se tiene en cuenta la huella material de los recursos naturales importados se observa cómo la MF real de los países está aumentando prácticamente en la misma proporción que sus PIB reales”. El desacoplamiento relativo/absoluto de los países desarrollados “es, en todo caso, temporal, y lo que está ocurriendo en los últimos años es, más bien, un reacoplamiento del PIB y la MF.” Mientras que el consumo total de recursos naturales, incluyendo minerales, menas, combustibles fósiles y biomasa, “era de 26.700 millones de toneladas en 1970, en 2017 el total superó las 100.000 millones de toneladas” (casi cuatro veces más). Se calcula que “en 2050 se habrán alcanzado las aproximadamente 180.000 millones de toneladas”, un 80% de incremento respecto a 2017.

Por otra parte, “el porcentaje de materiales reciclados es de apenas el 8,6%, y su tendencia es descendente frente al rápido aumento del consumo de recursos”. Aunque se ha dicho “que en los países desarrollados, gracias a la transición a la industria de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y al sector servicios, se ha avanzado en la «desmaterialización del capitalismo», teniendo en cuenta lo antedicho, es evidente que la desmaterialización es un cuento”.

Esta economía, la economía capitalista, es insostenible. “No es solo que un desacoplamiento suficiente sea difícil. Los discursos acerca de la posibilidad de realización de una sociedad sostenible a través de la economía circular, en la que algunos tantas esperanzas parecen depositar, son engañosos”. Intenttar hacer circular la economía es insuficiente. “Hay que reducir drásticamente el consumo de recursos naturales”. No hay otra.

Para Saito, “el futuro del keynesianismo medioambiental de los países desarrollados, que persigue el crecimiento económico verde de tipo capitalista, es oscuro”. Conjetura que, “en muchos países se implementarán políticas económicas que prometan ser verdes. Pero el saqueo de la periferia se agravará”. El saqueo de la periferia, sostiene, “se ha convertido en el requisito indispensable para la protección del medio ambiente del núcleo.”

El optimismo tecnológico no solucionará los problemas” es el título del siguiente apartado.

Existen aún más inconvenientes. Por ejemplo, “la dudosa efectividad de las políticas verdes de los países desarrollados. Que una familia tenga varios coches, por ejemplo, no es sostenible por muy eléctricos que sean”. Más aún: “teniendo en cuenta los planes de venta de los SUV y vehículos eléctricos de Tesla o Ford, solo cabe esperar una aun mayor consolidación de la cultura consumista y un despilfarro cada vez mayor de recursos”. En definitiva, señala, “un ecoblanqueo de manual.”

Lo cierto, además, es que en la extracción de las materias primas para la fabricación de coches eléctricos se emplean combustibles fósiles y se emite CO2.Encima, para suplir el incremento exponencial del consumo eléctrico que supondrá la difusión de estos vehículos se instalarán cada vez más paneles fotovoltaicos y parques eólicos, y, precisamente para ello, se extraerán más recursos naturales y se emitirá aún más CO2 en el proceso de fabricación, precisamente, de los equipos de generación eléctrica. Por supuesto, se destruye el medio ambiente”.

Es la «paradoja de Jevons» de la que ya habló. El resultado: no solo no hay mejoría, sino que es un empeoramiento de la crisis ecológica.

Más datos aciagos por si todo lo anterior no fuera suficiente: “según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el número de vehículos eléctricos pasará de los 2 millones actuales a los 280 millones en 2040; sin embargo, según sus estimaciones, el porcentaje de reducción de las emisiones de CO2 mundial será de un ridículo 1%”. ¿Por qué? Porque reemplazar los vehículos con motor de explosión por coches eléctricos no reducirá sustancialmente las emisiones de CO2 dado que el aumento del tamaño de las baterías incrementará las emisiones durante su fabricación.

En síntesis: “la tecnología verde no es tan verde cuando se amplía la perspectiva y se sopesa en el análisis su proceso de producción. Aunque la realidad de la producción se invisibiliza, en el fondo, no se trata más que de la manida transferencia de un problema a otro”. Por consiguiente, sostiene Saito muy razonablemente, “aun admitiendo la necesidad de inclinarse hacia el uso de vehículos eléctricos o la generación eléctrica fotovoltaica, fiar el futuro al optimismo tecnológico podría ser fatal.”

Aun así, admite el filósofo nipón, la propuesta de los defensores del keynesianismo, la transición cien por cien a los coches eléctricos y a las energías renovables, puede parecer atractiva. Sin embargo, “esto es porque el keynesianismo medioambiental promete un futuro que hará sostenible nuestro modo de vida imperial actual; es decir, sin que pongamos nada de nuestra parte. Esto es, en palabras de Rockström, una auténtica «evasión de la realidad».”

¿Una nueva tecnologia que eliminará el CO2 de la atmósfera?” es el apartado siguiente de este segundo capítulo.

Dado que no cabe esperar una reducción significativa de las emisiones de CO2 por la introducción de coches eléctricos, ¿qué hacemos, qué conviene hacer? Para los defensores del crecimiento económico verde, sostiene Saito, la única solución es apostar por tecnologías aún más espectaculares (capturar y eliminar directamente el dióxido de carbono de la atmósfera, por ejemplo). “Estas nuevas tecnologías, que tornarían negativas las emisiones, se conocen como «tecnologías de emisiones negativas» (negative emision technologies, o NET, por sus siglas en inglés).” Si las NET se hicieran realidad, admite el filósofo nipón, facilitarían considerablemente el desacoplamiento absoluto. “En el Informe Especial sobre Calentamiento Global de 1,5 ºC (2018) que presentó el IPCC de la ONU, se contempla la implementación de las NET en la proyección de un escenario hipotético de contención del aumento de las temperaturas entre 1,5 y 2º C.” Las NET son la gran esperanza de los keynesianistas medioambientales.

Sin embargo, observa Saito, “como señalan los climatólogos, el escenario que plantea el IPCC sobre la premisa del funcionamiento efectivo de las NET, está lleno de problemas. De entrada, la probabilidad de que las NET se hagan realidad es incierta; y, en todo caso, si se hicieran realidad, se prevén importantes efectos secundarios”.

El autor analiza uno de los máximos exponentes de estas tecnologías: la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (bioenergy with carbon capture and storage, o BECCS, por sus siglas en inglés). “El objetivo de la BECCS es lograr las cero emisiones netas de CO2 recurriendo a la energía de biomasa (BE) e invertir el volumen de emisiones de CO2 -hacerlo negativo- mediante su captura de la atmósfera y su almacenamiento en el subsuelo o el océano (CCS).”

Pero, señala Saito, aunque se implementara de forma efectiva la BECCS, “los problemas no se solucionarán tan fácilmente. Porque si se continúa persiguiendo el «crecimiento económico verde», habrá que escalar la dimensión de la BECCS en proporción a la de la expansión de la economía”.

El problema de la energía de biomasa, por ejemplo, “es que requiere enormes extensiones de terreno agrícola. Para alcanzar el objetivo de contención de las temperaturas en 2º C, la superficie de terreno agrícola necesaria es el doble del tamaño de la India”. Saito pregunta (y nosotros con él): “¿cómo se va a poder disponer de tal extensión? ¿Se les arrebatarán, como siempre, a la India o a Brasil parte de sus campos de cultivo dedicados a la producción de alimentos para sus ciudadanos? ¿O se deforestará la selva tropical del Amazona y se convertirá en terreno de cultivo para la obtención de biomasa? El problema es que, en tal caso, se perderá el efecto beneficioso de la reducción de las emisiones de CO2.”

Por otra pate, la CCS tampoco está exenta de problemas. Las instalaciones de generación eléctrica con CCS emplean cantidades oceánicas de agua. Se calcula “que solo para cubrir la demanda de luz de Estados Unidos se necesitarían 130.000 millones de toneladas de agua al año. Cuando la inmensa cantidad de agua requerida en la agricultura actual ya es un problema de por sí, y en un momento en que, precisamente por culpa del cambio climático, el agua va camino de convertirse en un recurso precioso, ¿cómo se va a poder destinar tal cantidad de agua para la CCS?”. Y por si no fuera suficiente, prosigue Saito, “en caso de inyectar grandes volúmenes de CO2 en el fondo marino mediante la CCS, el agravamiento de la acidificación de los océanos será inevitable”.

Conclusión resumida este apertado, “la BECCS no es más que una nueva tecnología de transferencia, algo que ya en su día Marx había señalado corno problemático, pero a gran escala”.

Los «jueguecitos intelectuales» del IPCC” es el título del siguiente apartado. Seguimos en el segundo capítulo.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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