El País, 17/0/2026. “Los historiadores militares del régimen hicieron denodados esfuerzos para justificar el golpe de Estado por la amenaza de una revolución en ciernes.”
Se cumplen ahora 90 años del hecho que cambió la historia de España. Que se me ocurra, solo el 2 de mayo de 1808 es medianamente comparable en sus repercusiones.
Los historiadores hemos investigado el camino hacia el más reciente. Desde el momento mismo del golpe, los militares y civiles sublevados lo defendieron como la única operación imprescindible para prevenir la “revolución comunista” que estallaría en agosto. Se trataba, nada menos, que salvar a ESPAÑA (con mayúsculas) de caer en las garras de Stalin. Aunque no solo a España: también a la Europa occidental y cristiana e impedir que surgiera un foco de subversión en su retaguardia.
Con su supremo sacrificio, los buenos españoles lo evitaron. No solo para sí mismos, sino también para los demás europeos.
La posibilidad de una revolución en ciernes la había anunciado la Embajada británica en Madrid. No la francesa. La confirmó el recién llegado embajador republicano en Londres. El gobierno británico la aceptó. El cónsul general en Barcelona y el propio embajador en Madrid continuaron echando petróleo al fuego.
La tesis la mantuvo la dictadura y Franco se regodeó en un nuevo título de “Centinela de Occidente”. Todavía hay gente, mucha, que se lo cree. Los denodados esfuerzos de los historiadores militares del régimen intensificaron tal interpretación en tres títulos de obligada consulta publicados en los años cuarenta, cincuenta y sesenta por el Servicio Histórico Militar.
Con las necesarias adaptaciones derivadas de la evolución de las técnicas de comunicación, tales tesis sobreviven hoy. Modernizadas por el creciente énfasis en el supuestamente inmenso y único desbordamiento de asesinatos y asaltos a la propiedad y a las personas en la primavera de 1936.
Coincidiendo con la largo tiempo contenida etapa del desarrollismo en los años sesenta, en el mundo de habla inglesa aparecieron las primeras historias que presentaban la Guerra Civil bajo otro ángulo. Hugh Thomas, Herbert R. Southworth y Gabriel Jackson fueron pioneros en rescatar lo que, en realidad, había ocurrido desde 1931. La dictadura respondió con la censura más abyecta primero y con la “modernización” de la interpretación clásica.
De ello se encargó un avezado técnico de Información y Turismo llamado Ricardo de la Cierva bajo la égida del inolvidable ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne.
Eso sí, los archivos permanecieron celosamente cerrados excepto a los militares (un teniente general glosó las semejanzas entre 1808 y 1936) y consiguió que su panfleto fuera declarado de interés para las Fuerzas Armadas. Le proporcionó un mercado cautivo bastante significativo.
En la retaguardia, el Ministerio de Educación Nacional y la púdicamente denominada Secretaría General del Movimiento), más el aparato policial y judicial en su conjunto, obraron de consuno para que los españoles no se desviaran del camino que se les imponía.
Los años republicanos, en particular, continuaron con la mácula que sobre ellos impusieron los vencedores. Sus tesis, escasamente modificadas siguen empapando la educación y, sobre todo, las nuevas tecnologías de la comunicación. Si acaso no se acentúa tanto que la rebelión del 18 de julio se había adelantado, por meras semanas, a un golpe de Estado comunista teledirigido desde Moscú. A muchos les parece ya un poco exagerado.
Con todo, la vieja interpretación retorna en tiempos absolutamente diferentes. Los desastres de la guerra se achacan básicamente a la izquierda y se desvanecen las hambrunas de la posguerra y la represión en y tras el conflicto. Se ha revivido gran parte de lo señalado por el implacable Abc de la época. Recomiendo echar un vistazo a lo que afirmó el 13 de febrero de 1936.
El general Francisco Franco y el exministro de la Guerra, José María Gil Robles, intentaron dar un golpe blando, hoy todavía muy desfigurado. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo impidió y ordenó la lectura por el conducto reglamentario y reservado de un mensaje suyo a todos los generales, jefes y oficiales.
Anticipaba que “hoy un golpe de Estado lejos de ser sin lucha comenzaría por esta en su forma más feroz” y esto “solo puede llevar a la destrucción de España y del Ejército”.
Claro que esto importaba un bledo a los conspiradores monárquicos, militares y fascistas. Buscaban otra cosa, algo que desde entonces se ha desfigurado en la gran mayoría de las versiones que las derechas han escrito sobre la supuesta gloria del asalto contra el orden legítimo y legalmente establecido. Forzados, claro, por la necesidad de salvar a la PATRIAAAAAAAA.
https://elpais.com/opinion/2026-07-17/sobre-el-18-de-julio-de-1936-i.html.