«Una noche en urgencias» de Amaya Olivas Díaz

Un magnífico (y emotivo) texto de la jueza Amaya Olivas Díaz, un admirable ejemplo  el suyo de compromiso poliético. «No hay nada como la realidad entrando en la vida propia» afirma.

Son las 9 de la noche, es jueves, y todos estamos cansados de la semana. Nos pesan las horas de trabajo, el esfuerzo continuado por dar sentido a lo que hacemos, nos refugiamos en un libro, en una canción, en la escucha de una voz querida. Tratamos de descansar, de recobrar fuerzas en estos días, que a todos se nos tornan excesivos, en soledad.
Pero una llamada intempestiva nos hace salir de esa cierta calma, porque una madre ha enfermado. Ya saben, las madres, en el sentido de Santiago Alba. Esas que sostienen el mundo, que nos sostienen.
Y nos dirigimos a urgencias.
No hay nada como la realidad entrando en la vida propia. Cuando somos jóvenes, creemos tener la vida por delante, (nunca sobra un homenaje a Gil de Biedma), pero conforme avanzan sus horas, sentimos la inmensa impotencia de un ser humano solo. Por mucho que las hordas new age nos quisieran convencer, no nos cansaremos de repetir la importancia de los cuidados, de la interdependencia constitutiva que somos y seremos. El derecho a la fragilidad.
Una noche de urgencias nos permite de nuevo sentir lo poquito y lo mucho que somos al mismo tiempo. Hemos esperado pacientes el turno, hemos escuchado a jóvenes traducir el nombre de un migrante para explicar su dolencia, nos hemos sentido acogidos por los brazos del sanitario que nos toma la tensión, nos hemos enfadado con el vigilante armado que no nos deja sentarnos y no nos explica el motivo, y nos hemos ido muchas horas después a casa con las palabras amables de la doctora.
En el encuentro con el dolor, con la enfermedad, todos parecíamos un poquito iguales, aunque sabemos que en el fondo no es verdad. En el bar de enfrente, muchas trabajadoras a la salida del turno charlan como todos los días con el dueño. Ya no existen “las afueras del trabajo”, pero todos necesitamos comentar los excesos de la empresa. No quedan apenas lazos de comunidad, pero las barras siguen abiertas. Quizás gana por eso la derecha. Qué duro es reconocerlo.
Una noche en urgencias es más fácil con un afecto cerca. Una sanidad pública es más que un aplauso efímero, un ejecutivo pendiente de la consecución de un bonus es marxista sin saberlo. Un maltrato, el que sea, deja huellas indelebles difíciles de digerir.
No nos cansaremos de repetirlo. No somos nadie sin la mirada del otro, no podemos pensar solos, no podemos vivir en un bucle infinito de melancolía impotente.
Una noche en urgencias es como una vida en la intemperie, como una existencia demudada, esa en la que estamos, insisto, hace demasiado tiempo.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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